ESTADO DEL PODER 2018

La construcción del contrapoder feminista ha llegado para quedarse

Nina Power

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Cuanto mayor me hago, más me sorprende cómo es posible que en un mundo lleno de gente compasiva e inteligente, al final siempre terminemos teniendo como dirigentes a las mujeres y los hombres más corruptos, sobornables y desalmados. ¿Será que la mayoría de nosotras y nosotros somos demasiado amables, estamos demasiado bien socializados en lo correcto para levantarnos contra los sádicos y los abusadores?

En particular, ¿por qué no fue posible parar a Donald Trump? Seguro que incluso los republicanos que pensaron que él podría haber defendido sus intereses políticos pueden ver lo terrible que es la idea de tenerle a cargo de cualquier cosa, sea esta Twitter o los códigos de las armas nucleares. ¿Por qué no se organizaron secretamente para hacer imposible que ganara la candidatura y no digamos ya las elecciones?

En este breve ensayo quiero abordar el tema de la ‘socialización’, entre otros asuntos como la manera en la que somos educados, de formas sutiles y no tan sutiles, para aceptar nuestra propia opresión y no ‘armar un escándalo’.

El feminismo es el que mejor nos puede enseñar a analizar este fenómeno, porque históricamente a las mujeres se les ha educado para cumplir este papel: suavizando los desacuerdos, consintiendo y calmando. Hay muchas mujeres que no siguen este guión y, por ello, a menudo se les castiga. ¿Cuál es la mejor manera de reflexionar sobre esta forma de educación tan oculta y tan perniciosa?

La liberación de las mujeres: una revolución inacabada

Juliet Mitchell, en la cresta de la segunda ola del feminismo en el Reino Unido escribió en el año 1966 el libro Women: The Longest Revolution [Mujeres: la revolución más larga], en la que argumentaba que “únicamente se puede lograr la liberación de las mujeres si se transforman las cuatro estructuras en las que (las mujeres) se integran: producción, reproducción, sexualidad y socialización”.

La liberación de las mujeres únicamente se puede lograr si se transforman las cuatro estructuras en las que [las mujeres] se integran: producción, reproducción, sexualidad y socialización - Juliet Mitchell

Mitchell sugiere que, si se analizan al mismo tiempo sus circunstancias económicas, sociales, sexuales y políticas, se logrará su emancipación de la explotación y la opresión. ¿Cómo se solapan y entrelazan la producción, la reproducción, la sexualidad y la socialización? ¿Cómo se viven de forma similar y diferente según sean sus orígenes económicos y étnicos?

Tenemos que ser capaces de examinar detenidamente la incorporación de las mujeres al trabajo, muchas veces cobrando menos y con peores contratos que los hombres y cómo el capitalismo depende tanto de su trabajo peor pagado (en la producción) como de la reproducción social (todo lo que va desde el nacimiento de nuevos seres humanos, hasta el cuidado y la atención de los demás, la alimentación, el vestido, la educación y garantizar que los trabajadores puedan vender su fuerza de trabajo).

Quizá la sexualidad haya supuesto una historia de éxito social por muchas razones desde mediados de la década de 1960, en particular la aceptación generalizada de las relaciones entre personas del mismo sexo, aunque el deseo y los derechos masculinos siguen dominando la vida de las mujeres de maneras extremadamente dañinas. Ninguna de las estructuras analizadas por Mitchell se han transformado completamente: el contrapoder feminista todavía tiene un largo camino por delante. Es, de hecho, la revolución ‘más larga’.

La categoría de los cuidados, en particular, se debe convertir en un elemento central de nuestras políticas. A la vez que debatimos sobre las posibilidades y el futuro de la automatización, no podemos olvidar, como señala la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en su 'Convenio sobre las trabajadoras y los trabajadores domésticos', de 2011:

“… el trabajo doméstico sigue siendo infravalorado e invisible y [que] lo realizan principalmente las mujeres y las niñas, muchas de las cuales son migrantes o forman parte de comunidades desfavorecidas, y son particularmente vulnerables a la discriminación con respecto a las condiciones de empleo y de trabajo, así como a otros abusos de los derechos humanos…”

Al hilo de los debates sobre la automatización, debemos reconocer la historia de género y racial del ámbito laboral de los cuidados y revalorizar (tanto económica como socialmente) el trabajo (remunerado y no remunerado) que se destina a mantener la vida humana.

Una nueva militancia feminista

Quiero sugerir que el feminismo, no de manera exclusiva respecto a otras perspectivas que se puedan adoptar, pero de forma importante y específicamente, nos proporciona múltiples vías de comprensión sobre la realidad del mundo. Lo que nos ha enseñado estos últimos años, precisamente porque las cosas están tan mal, tan monopolizadas por hombres abusivos (para los que la dominación sobre las mujeres forma parte inherente de la vida cultural, social y política), es que las mujeres se alzan y luchan cuando sus derechos se ven amenazados.

El movimiento contra el feminicidio #NiUnaMenos, que comenzó en 2015 después de décadas de organización feminista contra la violencia sexual hacia las mujeres, ha estado tomando las calles una y otra vez en ciudades de Argentina, Brasil, Chile, El Salvador, México, Perú, Uruguay y otros países latinoamericanos.

La Marcha Mundial de Mujeres de enero de 2017, con casi 700 protestas en todo el planeta, se inspiró en este movimiento y en el horror que producía la elección del presidente de los Estados Unidos, de un abusador sexual confeso, y del miedo legítimo ante el retroceso de los derechos reproductivos de las mujeres. Con ocasión de la convocatoria de varias huelgas de mujeres, particularmente durante el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer, se quiso llamar la atención sobre las dimensiones económicas y sociales de la opresión de las mujeres y de su rol como trabajadoras remuneradas y no remuneradas explotadas.

Hay una nueva militancia en las calles, en el planeta y en el aire. El movimiento #MeToo y #YoTambién ha empezado a decir abiertamente lo que siempre se ha sabido y no hay duda de que las cosas cambiarán y seguirán cambiando (aunque deberíamos señalar que empezó originalmente en 2006, cuando la activista estadounidense Tarana Burke usó esa frase para debatir sobre la violencia y los abusos sexuales).

Por supuesto que, históricamente, el feminismo ha tenido que preguntarse sobre sus a priori y sus postulados: ¿qué ocurre con la relación entre clase y sexismo? ¿Se corresponden, o no, las distintas ‘olas’ del feminismo desarrollado en Occidente con las luchas de las mujeres en otras partes del mundo? ¿Cómo se vincula el socialismo con la emancipación de las mujeres? ¿Cómo se produce la opresión sobre las mujeres de color, no solo a través del racismo social sino también por el racismo dentro del movimiento feminista?

Claire Heuchan, en su blog Sister Outrider, apuntaba recientemente a esta relación entre racismo y feminismo:

“Vivir entre hombres de color y mujeres blancas es como estar atrapada entre la espada y la pared. A las mujeres de color se les anima a aceptar la misoginia o el racismo como destino y como política de liberación, dependiendo del grupo al que nos adscriban. Los hombres de color se apresuran a afirmar que cualquier misoginia a la que nos sometan es un asunto de poca monta en comparación con los daños que la supremacía blanca inflige sobre las mujeres de color. Las mujeres blancas corren desesperadas a reclamar que el racismo es un tema menor comparado con la amenaza real del patriarcado.”

La ‘interseccionalidad’ se ha convertido en una forma popular de intentar analizar el solapamiento de varias opresiones, sobre todo en internet. Según afirma la abogada y profesor universitaria estadounidense Kimberlé Williams Crenshaw, al igual que Heuchan, el racismo y el sexismo se deben entender como entrelazados y simultáneos, si es que se quiere comprender este fenómeno:

“Los análisis que realizan las feministas para politizar las experiencias de las mujeres y los que realizan los antirracistas para politizar las experiencias de las personas de color se han desarrollado a menudo como si estas experiencias y los temas que abordan sucedieran en terrenos mutuamente excluyentes. Aunque el racismo y el sexismo confluyen en la vida real de las personas, esto raramente se refleja en las prácticas feministas y antirracistas. Así, cuando estas prácticas explican la identidad de una mujer o la de una persona de color como una propuesta de alternativas (o esto o lo otro), se está relegando la identidad de las mujeres de color a un lugar que sobra decir.”

Se ha demostrado que internet es una herramienta cada vez más interesante en el desarrollo de la conciencia feminista, no solamente por haber popularizado términos como ‘interseccionalidad’, sino también por haber organizado el activismo feminista. También puede ser, como muchas personas han podido experimentar, un espacio de desacuerdo feroz, de hostilidad y de falsedad. El reconocimiento de cualquier agresión hacia nosotras y nosotros es una tarea sin fin, tanto en internet como fuera de ella.

De manera creciente se está desarrollando un pensamiento sobre la relación de la violencia racista, de los tipos identificados por el movimiento Black Lives Matter, con la violencia sexista en toda su complejidad. Sin embargo, nada cambiará si las personas blancas no reconocen su papel en perpetuar el racismo en todos las esferas de la vida: social, económica y política.

La interrelación entre feminismo, socialización y pérdida

Tomando en consideración la importancia de no separar el feminismo del antirracismo y de otras luchas contra la opresión, me quiero centrar aquí en un aspecto (la socialización) de la estructura de cuatro factores y el plan de Mitchell para un movimiento de liberación de las mujeres que merezca ser llamado así (recordamos: producción, reproducción, sexualidad y socialización). Aunque el artículo de Mitchell se publicó hace más de medio siglo, todavía sigue dando cuenta de los temas y desafíos que afronta con claridad el feminismo en el siglo XXI.

Por tanto, ¿qué entendemos por socialización hoy en día? ¿Cómo se vincula el feminismo y lo que podríamos llamar el ‘contrapoder feminista’ que reconocemos en las marchas mundiales, en las huelgas y en las protestas?

La socialización de las chicas y los chicos es un tema que genera mucha ansiedad en los padres y los educadores, e incluso se convierte en una tarea mucho más difícil si tenemos en cuenta la omnipresencia de los anuncios, los estereotipos de género, las imágenes de la gente ‘guapa’ y de la presión social para someterse a roles y normas basadas en el sexo.

Pink girls aisle at US store
Pasadizo rosa para niñas en unos grandes almacenes de los Estados Unidos.

Como alguien criada en los años ochenta y adolescente en los noventa del siglo pasado, me choca ver cómo ha crecido exponencialmente la presión para ajustarse a los roles y estereotipos de género. No recuerdo muchos objetos ‘rosa’ en mi infancia, aunque hubiera, por supuesto, juguetes, muñecas y cocinitas, pero sí recuerdo haberlos rechazado por otros juguetes y libros mucho más interesantes y que eran una opción mucho más real en comparación con las que puede haber ahora.

Podríamos decir cínicamente que el ‘género’ es apenas un síntoma del mercado, que se beneficia de promocionar los estereotipos de género. Ciertamente, esto debe formar parte del mismo. Sin embargo, también pienso que algo se ha perdido, y lo que perdimos o estamos perdiendo, fue en realidad una victoria feminista y uno de los mayores éxitos de la ‘segunda ola’.

Analizando la manera en la que se impuso el género sobre esos cuerpos sexuados como masculinos o femeninos, observamos que lo que la segunda ola del feminismo hizo posible fue romper con la idea de que el sexo determinaba el género. En otras palabras, que, mientras que la biología es un hecho, las expectativas y las imposiciones colocadas sobre los cuerpos denominados ‘masculinos’ y ‘femeninos’ eran completamente sociales y, como tales, se podían cambiar. Que a las chicas y los chicos les podía y les debería gustar lo que fuera, llevar lo que quisieran y jugar de la forma que se les antojara.

Esta idea es claramente muy revolucionaria porque sugiere que las chicas pueden rechazar ser decorativas, sumisas, etcétera, y los chicos pueden negarse a ser agresivos y dominantes. Esto significa, en principio, que los chicos y las chicas pueden crecer para trabajar en cualquier empleo que les guste, tener la afición que deseen, ser quienes quieran ser.

El hecho de que esta idea feminista se haya filtrado y se haya convertido en pensamiento y en práctica comunes, lo convierte en un ejemplo clave del contrapoder feminista y en un auténtico cambio hacia la liberación de los estereotipos de género.

La socialización es algo difícil de cambiar y, por cada victoria feminista, se produce un contragolpe extremo

Sin embargo, la socialización es algo difícil de cambiar y, por cada victoria feminista, se produce un contragolpe extremo, como hemos presenciado en años recientes, por ejemplo, donde parece que se nos golpea con los estereotipos de género a cada paso que damos.

Es preocupante darse cuenta de que todavía la forma en la que las chicas y las mujeres son socializadas para que no se hieran los sentimientos de los hombres e intentar suavizar cualquier situación social difícil, contribuye con seguridad al lento proceso de denunciar los abusos masculinos a través del movimiento #YoTambién. El no querer ser percibidas como ‘difíciles’ hace que para las chicas y las mujeres sea más duro plantar cara al acoso.

De igual manera, sigue resultando una dimensión ubicua de la masculinidad que tanto a los chicos como a los hombres se les anime a sentir que tienen derechos sobre el tiempo y los afectos de las mujeres, incluso allí donde claramente no lo desean. A menudo se castiga a los hombres y las mujeres que rompen con esas normas de género con el ostracismo, con amenazas y con violencia. Sin embargo, debemos defender a las mujeres ‘masculinas’ y a los hombres ‘femeninos’ con el objeto de, finalmente, desgenerizar los gustos, las aficiones y el empleo.

Por tanto, ¿cómo nos organizamos colectivamente contra el daño infligido hacia las mujeres? Aunque los hombres son muchas veces violentos entre ellos, el foco del feminismo debe ponerse en primer lugar sobre los derechos y la protección de las niñas y las mujeres. A no ser que creamos que los hombres abusadores heterosexuales no saben a quién están agrediendo, la realidad es que no utilizan los mismos medios contra otros hombres, como muchos señalan. Saben muy bien lo que significa agredir a las mujeres por razón de sexo y utilizan a menudo la intimidación (amenazas) físicas y sociales para coaccionar y manipular a las mujeres para que estas obedezcan.

#metoo founder Tarana Burke leaves survivor march in Los Angeles. Photo credit: https://lasentinel.net
La artífice del movimiento #metoo, Tarana Burke, en una marcha en Los Ángeles. Foto: https://lasentinel.net

Creo que es importante observar que el feminismo no ve a las mujeres como víctimas, sino precisamente lo opuesto, a pesar de las críticas aparecidas en algunos ámbitos de que el movimiento #YoTambién es un intento de reducir a las mujeres a seres pasivos y sin deseo. Justo lo contrario, el feminismo es el que persigue el fin de la victimización por razón de sexo de las niñas y las mujeres para que puedan vivir más libres y ser seres sexuales según sus propios términos.

Lo que el movimiento #YoTambién ha conseguido es hacer explícita la ubicuidad global del acoso sexual de los hombres y el abuso hacia las mujeres. Hay un sentimiento de enorme solidaridad en la campaña, una neutralización colectiva de la vergüenza que se enseña a las mujeres a interiorizar cada vez que les pasa algo que no quieren.

En el momento en que muchos hombres se han visto impactados, quizá algunos se hayan dado cuenta de la realidad sobre las actitudes y el trato de muchos de ellos hacia las mujeres. A lo mejor algunos de ellos intervendrán para ponerle fin en sus propias vidas y allí donde vean que pueda estar ocurriendo (aunque, por supuesto, una gran cantidad del acoso sucede deliberadamente donde no hay nadie que pueda verlo). Esto podría cambiar los espacios de trabajo tanto como la legislación contra el acoso sexual nunca pudo conseguir.

La tremenda dimensión que toman el abuso y los intentos de chantajear, enjuiciar y manipular a las mujeres para que estén calladas explica en gran medida el silencio y el consentimiento femenino: si lo revelas, serás aplastada.

Pero eso se acabó.

El contrapoder femenino y todas las formas que adopta pueden terminar con todo lo que pudiera perjudicar a las mujeres, todo lo que restrinja sus libertades. Puede acabar con el feticidio femenino, con el matrimonio forzoso, con las violaciones, con las agresiones sexuales y con el sexismo cotidiano. Si podemos imaginar el fin de algo, también podemos imaginar cómo podríamos llegar a ese lugar.

Proteger los derechos de las mujeres: una lucha sin fin

La protección de los derechos es un proyecto sin fin. Sin una lucha permanente no será posible cambiar a los que mandan y pertenecen al orden establecido.

Cuando una casa de acogida para mujeres se va a cerrar, hay grupos como el británico Sisters Uncut que están ahí para luchar por sus derechos. Sin embargo, nunca tenemos de dejar en manos de otras u otros lo que podríamos hacer por nosotras o nosotros mismos.

Creo que se ha considerado al feminismo durante mucho tiempo como algo obsoleto, un proyecto ya finalizado. Creo que se han financiado algunas campañas, sutiles y no tan sutiles, para captar a mujeres jóvenes que se identificaban como no (o anti) feministas.

En cualquier caso, el feminismo está de nuevo en ascenso y las mujeres y las niñas son capaces de ver más allá de aquellas posiciones que tienen al ‘feminismo’ como lema, pero cuyas políticas son belicistas (del tipo de ‘feminismo’ liberal de derechas que afirma desear liberar a las mujeres de otros países), consumistas (aquel ‘feminismo’ que piensa que comprar cosas es emancipador y que la libertad de ‘elección’ del mercado es lo más importante) o corporativas (el ‘feminismo’ que sugiere que las mujeres deben ‘ceder’ si quieren ser tomadas en serio por el capitalismo).

Aprovechar el poder que nos proporciona la unidad ‘negativa’

El contrapoder feminista puede desarrollar cualitativamente los debates públicos sobre el movimiento #YoTambién. Las niñas y las mujeres tienen diferentes experiencias vitales según su clase y su origen étnico (aunque aquí también encontramos pautas recurrentes), sin embargo, prácticamente todas las mujeres han experimentado el sexismo, o bien por haber sido tratadas como inferiores a los hombres, o bien por haber recibido gritos, por haber sido sexualizadas, por haber sido acosadas, o por algo peor.

Hay algo que une a las mujeres y aunque es una unidad ‘negativa’ (lo que une a las mujeres es un trato degradante y un lugar jerárquico de ‘segundo sexo’ o ‘sexo débil’), puede en cualquier caso convertirse en un recurso para alcanzar una mayor unidad y más poder una vez se ha reconocido. La cantidad de daño recibido por una persona maltratada depende de cuánto se le haya inculcado el sentimiento de vergüenza.

El contrapoder feminista tiene la capacidad de darle la vuelta a esta vergüenza y contribuir a que se afronten las situaciones de maltrato. Cuanto más nos alcemos contra el abuso y contra el acoso en nuestra vida personal, menos lo toleraremos en la vida política.

Después de haber admitido su acoso sexual y después de que tantas mujeres dieran un paso adelante para protestar contra este comportamiento ofensivo, habría sido imposible para Trump haber salido elegido.

Tenemos que impedir que todos los que hacen este tipo de cosas nunca lleguen a tener cargos de responsabilidad en el futuro. Pero no a través de la violencia y la coacción, que son las técnicas que utilizan nuestros enemigos, sino con el acopio de fortaleza y con la sabiduría que provienen de que que nos repriman y nos maltraten. Conocemos a nuestros enemigos mejor que ellos a nosotras y esta es una de nuestras muchas fortalezas.

SOBRE LA AUTORA

Nina Power es crítica cultural, teórica social, filósofa y traductora. Es catedrática de Filosofía en la Universidad de Roehampton y autora de La mujer unidimensional (El Cruce Ediciones, 2017). Obtuvo el doctorado en Filosofía en la Universidad de Middlesex y entre sus temas de interés están la filosofía, el cine, el arte, el feminismo y la política.

Traducción: Javier Ramírez Gallardo

Este artículo forma parte del informe Estado del poder 2018, editado en castellano por Transnational Institute (TNI) y FUHEM Ecosocial.

Publicado originalmente en español en Ctxt.es

Nina Power