ESTADO DEL PODER 2018

De los movimientos de protesta a la política transformativa

Luciana Castellina

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Los movimientos son importantes porque se mueven. Los partidos políticos, como las llamadas ‘instituciones intermedias’ (tales como los sindicatos e incluso más las instituciones que, tomadas como un todo, constituyen el contexto político democrático) tienden a esclerotizarse, si no a convertirse en paquidermos completamente inmóviles bajo el enorme peso de su obesidad organizativa.

Esa es la razón por la que cualquier avance histórico es calificado de movimiento insurgente, y por lo que los movimientos resultan atractivos a quienes quieren cambiar el mundo y que no siga anclado en el presente.

Los movimientos se mueven porque disponen de una antena para captar el clima social, una herramienta que las organizaciones estructuradas no tienen, precisamente porque estas estructuras tienden a alejarse de la gente.

Hace 50 años, un hombre tan dominante y poderoso como Mao Tse Tung, líder del gigantesco Partido Comunista chino, apeló al movimiento para generar una profunda transformación en el propio partido del que era presidente indiscutible: siendo incapaz de detener la creciente burocratización del poder, lanzó el famoso eslogan “bombardead el cuartel general”.

No es casualidad que, más allá de China, este llamamiento fuera adoptado por los movimientos de todo el mundo, que en ese momento comenzaban a levantarse en fábricas y universidades. Y eso no era solo porque compartieran las formas y contenidos de la revolución cultural en China, de la cual sabían poco o nada, sino porque interpretaban el eslogan como la necesidad de destruir las paralizadas burocracias de sus propios partidos políticos.

Eso era en el 68, y la M de Mao se convirtió en la tercera del trío junto a Marx y Marcuse en las pancartas que portaban los manifestantes en las calles. Y esa fecha entró en la Historia.

En este texto expongo unos cuantos comentarios sobre el ‘movimientismo’ ‒la tendencia a ver los movimientos como vacas sagradas y los únicos agentes políticos válidos‒, que a menudo se convierten en excusa para la pereza. Porque si el objetivo es verdaderamente cambiar el mundo, no es suficiente entender las necesidades que emergen, reivindicar que sean cubiertas, salir a la calle a protestar contra aquellos que quieren impedir las aspiraciones de la gente. Eso no significa negar su validez, sino reclamar un análisis más realista y menos triunfalista con el objetivo de identificar sus fallas.

Una nueva oleada de movimientos globales

Al inicio del nuevo milenio, una nueva oleada de movimientos globales tuvo el mérito de indicar a todo aquel que deseara revolucionar el mundo que los ‘nuevos palacios de invierno’ que cercar eran las instituciones al mando de la globalización, y en concreto la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el G7 y el G8, hasta entonces invisibles en gran medida para los partidos políticos, los medios de comunicación y los parlamentos y, por tanto, para la opinión pública.

La primera institución que planearon atacar a partir de la década de 1990 era la poco conocida por entonces OCDE, que había propuesto el Acuerdo Multilateral de Inversiones (el infame AMI). Las protestas que se desencadenaron, las primeras de carácter verdaderamente internacional, fueron descritas como ‘la primera guerra de guerrillas online’.

De hecho, fue la primera experiencia de articulación a través de internet y que logró, como poco, una victoria provisional, por la cual el AMI terminó naufragando, al menos temporalmente. Y este mismo enfoque fue utilizado en intentos posteriores para alcanzar acuerdos multilaterales, incluida la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP), contra la cual aún estamos luchando.

Sin embargo, mientras las grandes movilizaciones antiglobalización ‒en Seattle contra la OMC en 1999, en Génova contra el G8 en 2001, y sucesivamente hasta los acontecimientos más recientes en Hamburgo en julio de 2017‒ aunque no lograron alterar el poder de sus adversarios, estas movilizaciones tuvieron un efecto político saludable: expusieron al mundo dónde se encuentran los auténticos santuarios del poder, revelando los verdaderos nuevos palacios de invierno.

Las movilizaciones de Seattle y Génova tuvieron un efecto político saludable: expusieron al mundo dónde estaban los verdaderos santuarios del poder, revelando los verdaderos nuevos palacios de invierno

Incluso los movimientos más pequeños, más locales ‒y más numerosos‒, contra la destrucción ambiental han desempeñado un papel destacado a la hora de aumentar y desarrollar la conciencia de los riesgos ecológicos que enfrentamos actualmente, otro tema que, si no ignorado, es en gran medida marginado por los partidos políticos.

Dicho esto, si bien es importante, simplemente denunciar no es suficiente para cambiar las cosas. Y la falta de asunción de riesgos se convierte, finalmente, en una debilidad en estos mismos movimientos que, desanimados por su impotencia, ven que disminuyen y se fracturan cada vez más.

Por eso creo que, para poder abordarlos, es necesario tratar este tema con menos triunfalismo y examinar las causas de su inadecuación.

Aquí van algunas consideraciones:

En primer lugar, todos los partidos de izquierda nacieron, y esta fue su fuerza inicial, del vientre del movimiento obrero. Podría decirse que todo partido ‘real’, legitimado por una historia que atestigua la capacidad de representación social real, nace de un movimiento. Solo las partes ‘falsas’ surgen de las decisiones verticales, las cuales, por lo tanto, carecen de raíces históricas y sociales. Desafortunadamente, en los últimos tiempos han surgido muchas de estas, pero de forma natural no han perdurado.

Sin embargo, también debemos tener en cuenta que la representación social actual es mucho menos lineal que en el pasado y, por lo tanto, en muchos sentidos, más difícil. Ya no hay una ‘vieja y buena’ clase trabajadora; una comunidad geográficamente concentrada, socialmente homogénea y que comparte las mismas condiciones económicas y culturales.

Hoy en día, el trabajo (el mercado) ha cambiado profundamente y ahora nos encontramos en un ámbito que todavía es explotado por el capital, pero está aplastado por la fragmentación y la expansión del trabajo engañosamente autónomo, que por lo general oculta la falta de contratos claros. El caso más emblemático es, por supuesto, Uber, que a su vez ha llevado a la ‘uberización’ de una parte importante del mercado laboral ‒piense, por ejemplo, en los ‘repartidores’ y otros profesionales de la distribución‒. Los trabajadores están fragmentados y exprimidos, lo que hace cada vez más difícil aplicar los mismos convenios colectivos que en su día pudieron negociar los sindicatos.

En segundo lugar, al conflicto entre capital y trabajo se suman nuevas contradicciones transversales que solo han cobrado relevancia general en las últimas décadas. En este punto deseo resaltar las contradicciones de género y las ecológicas, aunque no son en absoluto las únicas: el incremento de la movilidad ha aumentado las contradicciones raciales, étnicas y religiosas con las que la globalización nos ha obligado a convivir. Antes, esas personas eran ‘extranjeras’; ahora nos encontramos cara a cara con ellas en el supermercado.

Todo esto significa que, a diferencia de lo habitual en el pasado, el agente social del cambio es mucho menos homogéneo y cada vez más incapaz de ser el sujeto inmediato de la transformación necesaria que el marxismo y todas sus variantes atribuyen a la clase trabajadora. El desarrollo capitalista no unifica, sino que diferencia y desarma a diferentes sujetos.

Igualmente, podría discrepar de lo que Negri y Hardt afirman en su popular libro Multitudi sobre el ‘intelecto general’, según el cual la difusión del trabajo con un contenido intelectual muy elevado que, al producir relaciones sociales en lugar de bienes materiales, conduciría casi naturalmente a la emancipación de los trabajadores. La extensión del trabajo intelectual no tiene en sí misma una función progresista, porque simultáneamente produce despolitización: sus contenidos son ‘limpiados’ de sus conexiones con la política, moldeados por la hegemonía dominante y, por lo tanto, condenados a la subordinación.

Entonces, la Aufbehung (sublimación o trascendencia) definida por Marx como el motor social del cambio en el aquí y ahora, se crea cada vez menos espontáneamente. Hoy este cambio solo lo puede lograr un bloque anticapitalista que pueda unir lo que actualmente está dividido. A su vez, esta reconstrucción solo puede tener lugar como un proyecto de gran calado en el que los diversos sujetos alternativos puedan unirse y superar sus condiciones inmediatas.

Construir unidad desde la diversidad

No es coincidencia que, mientras los explotados son el 99 % y los explotadores el 1 %, como nos gusta repetir, esta abrumadora mayoría pueda ganar, pero nunca lo haga: unida en la protesta, se desmorona cuando tiene que pasar a la acción.

Un movimiento no es suficiente. Existe la necesidad de la mediación de una subjetividad organizada, capaz de superar las particularidades, reconstruir el tejido conectivo que une a la sociedad y la política

Debido a que un movimiento no es suficiente, existe la necesidad de la mediación de una subjetividad organizada, capaz de superar las particularidades, reconstruir el tejido conectivo que une a la sociedad y la política. Una subjetividad alternativa solo puede existir con seres humanos libres, y solo podemos ser libres si somos conscientes y, por lo tanto, somos liberados de los determinantes sociales producidos por el contexto específico que los origina.

Esta es, precisamente, la razón por la que hoy más que nunca necesitamos un partido, es decir, un organismo que pueda concentrar teoría, experiencia y disciplina, así como visión estratégica.

Tercero, la riqueza de la diversidad debe, por descontado, salvaguardarse, y sin duda fue correcto cuestionar la arrogante pretensión de la cultura dominante de ser ‘universal’, negando prestigio a todas las demás. Creo, sin embargo, que la imagen de arco iris a la que los movimientos recurren a menudo corre el riesgo de hacernos descarrilar. Por lo tanto, creo que es necesaria una revisión crítica de la interpretación particular de la Convención de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural.

Las culturas no son semillas o fauna que debe conservarse en una diversidad inmutable. Las culturas pierden su propósito antropológico si no cambian y si no interactúan entre sí; si no rechazan los límites de un pequeño jardín en el que cultivar su propia diversidad para su autoconsumo; si no se convierten, como deberían, en elementos activos de un diálogo que aspire a construir un universal común, reemplazando tanto la visión unilateralmente impuesta por Occidente como superando la estrechez de sus respectivos puntos de vista.

En este sentido, podemos comprender que la inmediatez que caracteriza a los movimientos debe ser reemplazada por un esfuerzo subjetivo para evitar su sometimiento y luchar contra la perpetuación de los guetos culturales. Construir una verdadera universalidad implica un enfoque difícil y a largo plazo basado en el diálogo y el logro de las condiciones que permitirían a todas las culturas participar verdaderamente en el proceso. (A modo de ilustración, el 85 % de la información que consumimos proviene de fuentes occidentales).

En cuarto lugar, necesitamos entender lo que queremos decir con partido político, no solo porque el empobrecimiento moral y cultural de los partidos que hemos heredado lo hace difícil de discernir; también porque la desconfianza y el rechazo de los partidos existentes es hoy enorme, ya que se los ve como meros instrumentos para alcanzar el poder. Y sin embargo, sin partidos, es decir, sin organismos capaces de estimular la acción individual, de consolidar una voluntad colectiva en torno a un proyecto global, de abrir un canal de comunicación entre la sociedad y las instituciones, la democracia se reduce a muy poco.

De modo que podemos entender el creciente desencanto. Votar cada cuatro o cinco años simplemente para decir ‘Me gusta’ o ‘No me gusta’ no tiene nada que ver con la democracia; el aspecto ejecutivo del gobierno se enfrenta a una crisis muy peligrosa en la medida en que cada vez está más lejano de su propósito y tejido social.

La democracia no puede entenderse solo en términos de derechos y garantías individuales, casi como si fuera una especie de compensación. Me refiero aquí al ejemplo de la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE, ahora incorporada en el Tratado de Lisboa de la UE, que debilitó uno de los derechos colectivos más importantes: el poder de contribuir al debate político.

Democracia y movilización de masas

Por partido me refiero a la concepción de Gramsci: no un partido de vanguardia separado de la sociedad y cuya conciencia proviene del exterior, sino un partido como un vector de acción de masas, de personas que son plenamente conscientes (en oposición al populismo, que busca rendirlas de forma pasiva, seduciéndolas para que se entreguen a un líder).

Un partido como un ‘colectivo intelectual’ uniría lo más posible la brecha entre sus líderes y sus miembros, y también reduciría la separación entre los diferentes roles del liderazgo y las diversas funciones del cuerpo militante; un partido sería capaz, por lo tanto, de reconstruir el tejido conectivo que une la sociedad y la política.

Gramsci vio claramente los riesgos de la política autorreferencial, ya sea de partidos, de gobiernos o de cualquier posible gobierno futuro. Esto es aún más evidente cuando observamos la inmensa arbitrariedad en los Estados donde el mercado ha sido eliminado o seriamente debilitado.

De ahí que Gramsci tomara la intuición ‘libertaria’ de Lenin de ‘Estado y revolución’, en la cual el líder bolchevique habló de la ‘extinción del Estado’, mediante el cual las funciones de gestión históricamente expropiadas por la burocracia estatal son reapropiadas por la sociedad. Y a este respecto, señaló el papel de los soviets, no los insurrectos de octubre, sino los organismos de democracia directa que se suponía que garantizarían la autogestión social. Una hipótesis completamente abandonada, como sabemos, por el poder soviético después de los duros años de la guerra civil o, más bien, de la agresión imperialista y la dramática involución que indujo.

Gramsci señala la necesidad de que los soviets ‒consejos‒ sean herramientas capaces de participar en la dialéctica esencial para restringir las acciones arbitrarias del gobierno que permitan que formas de democracia directa se entrelacen con las de democracia delegada

En sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci señala la necesidad de que los soviets ‒consejos‒ sean herramientas capaces de participar en la dialéctica esencial para restringir las acciones arbitrarias del Estado, una red eficiente que permita que formas de democracia directa se entrelacen con las de democracia delegada.

Esta hipótesis presupone un cambio de la concepción estatista y su obsesión por ganar el poder central típica de las tradiciones socialdemócrata y comunista; ambas tienden a enfatizar el papel del Estado, ya sea conquistándolo a través de cauces parlamentarios, en el primer caso, o por insurrección, en el segundo.

Esta obsesión ha llevado a modelar la estructura misma de estos partidos sobre la centralidad del poder estatal (compromisos casi exclusivamente electorales y promesas de hacer esto o aquello ‘cuando el partido entre en el gobierno’). Por lo tanto, dieron prioridad a las instituciones e ignoraron a la sociedad cuya conquista es decisiva, al menos si la revolución apunta a obtener resultados menos catastróficos de los que la Historia tiene que ofrecer.

Por supuesto, ir más allá de una cultura estatista no significa estar de acuerdo con el antiestatismo, lo que lamentablemente supone el fracaso de muchos movimientos. El control del poder político central sigue siendo necesario, en especial en una sociedad capitalista avanzada, porque la transformación necesaria para crear una sociedad alternativa (en la que el trabajo se libere de la alienación y el mercado ya no sea el instrumento que defina nuestras vidas) necesita el poder político.

Fue mucho más fácil el surgimiento de la Revolución Francesa porque la burguesía ya había desarrollado relaciones sociales y económicas que no eran feudales, sino de naturaleza capitalista, y que carecían solo del ajuste político. Tales condiciones parecen hoy imposibles.

Tomar el poder: esencial pero no suficiente para una política transformativa

Por todo ello, es importante liberarnos de la ilusión a la que se refería Holloway de que es posible ‘cambiar el mundo sin tomar el poder’.

Cuando digo que los partidos de la izquierda deben corregir su cultura estatista, me refiero a que conseguir el poder debe entenderse como una condición esencial pero no exclusiva para la transición. Es tan solo un momento dentro de un proceso social y, de todos modos, requiere una fuerte hegemonía, la capacidad de construir una relación entre el proletariado, la historia pasada y el legado e interpretar un contexto histórico intrincado, todas ellas condiciones para construir un nuevo sentido o visión común.

En resumen, el poder político no se disuelve, como han llegado a creer algunos sectores de los movimientos. Más bien, debe ser expropiado, lo cual es solo posible en la medida en que sean reconstruidas formas organizadas de expresión directa de la voluntad colectiva.

Conseguir el poder debe entenderse como una condición esencial pero no exclusiva para la transición

Lo que Gramsci buscó escribiendo desde su celda en los años treinta del siglo pasado, y lo que Togliatti, el secretario del Partido Comunista Italiano (PCI), intentó esbozar en la cultura comunista de Italia después de la Segunda Guerra Mundial, no es muy diferente de lo que buscaban el resto de partidos comunistas occidentales, precisamente por lo que llamamos el ‘genoma Gramsci’.

De hecho, el PCI consiguió gran fortaleza porque estaba dentro de las instituciones y a la vez era, concretamente, un agente decisivo para estimular los conflictos sociales gracias a estar enraizado en la sociedad. Y de hecho, en Italia, todo lo que hemos ganado en términos de derechos lo han logrado las fuerzas de oposición, logros que luego se consolidaron gracias al nuevo equilibrio de poder al nivel institucional.

Esta herencia política se desintegró en las décadas de 1970 y 1980 hasta la propia disolución del PCI. Llevaría demasiado tiempo explicar cómo llegamos a este punto. Baste decir que lo que llevó al PCI a su triste desaparición fue, precisamente, su creciente identificación con las instituciones y con los poderes locales que controlaba en gran parte del país a pesar de ser, gracias a una regla implícita inquebrantable de la Guerra Fría, excluidos del gobierno nacional.

Es esta desvinculación progresiva de la sociedad lo que dejó al PCI sordo frente al movimiento de 1968, que dio a conocer nuevas luchas y reivindicaciones de una sociedad del capitalismo avanzado, un movimiento que no era menos radicalmente anticapitalista, sino que, de hecho, lo era mucho más, y, por tanto, desperdició una oportunidad extraordinaria.

Este momento en la historia italiana, cuando durante unas décadas prosperó un partido bastante parecido al que Gramsci había teorizado, nos permite entender lo importante que es evitar la deriva de la autosuficiencia.

Así, es crucial que la construcción de formas de democracia organizada en la sociedad sea suficientemente robusta y extendida como para influir en sus acciones. No debe ser la mera expresión de una sociedad civil desorganizada (que inevitablemente estaría marcada por los valores del poder dominante), ni solo movimientos intermitentes que, por tanto, no pueden convertirse en estructuras sociales autogestionadas, arrancadas de las competencias de la burocracia estatal.

Estas formas ‒la reapropiación del poder estatal‒ son pasos hacia la extinción gradual del Estado al que se refiere Gramsci en su reinterpretación de la obra de Lenin.

Construir el poder democrático desde abajo

Actualmente, todo esto puede parecer una hipótesis utópica extraña, pero no lo es si miramos los eventos que abrieron el camino en esa dirección.

En Italia, a principios de los años setenta del siglo pasado, los movimientos estudiantiles y obreros eran particularmente fuertes e inventaron nuevas prácticas políticas similares a los organismos imaginados por Gramsci: los consigli di fabbrica, los consejos de fábrica, no eran solo estructuras sindicales que negociaban los salarios de los trabajadores, sino que eran estructuras completamente políticas y, por lo tanto, dedicadas a renegociar la organización del trabajo y la producción. Estaban formados por delegados, elegidos directamente por todos los trabajadores y eran independientes de los sindicatos, que a menudo estaban burocratizados.

Factory workers councils in Zanussi, Attalid

Los consejos de trabajadores de fábricas como Zanussi, Attalid y otras se reúnen y también protestan, entre otras cosas contra las armas nucleares y las bases militares. Crédito: AAMOD.IT

Gracias a la fuerza que consiguieron en muchas fábricas pudieron extender sus actividades más allá del lugar de trabajo, lo que llevó a la creación de los consigli di zona, los consejos locales, en muchas áreas. Estos consejos buscaron defender los derechos y mejorar la calidad de vida de los trabajadores, no solo determinados por sus condiciones de trabajo, sino también por la calidad de la vivienda, los servicios de salud, la educación, el medio ambiente, etc.

Se crearon entonces varios organismos de control colectivo y propuestas innovadoras sobre salud, servicios, vivienda, escuelas e incluso policía. Como resultado de todo ello comenzaron a surgir grupos como ‘Policía Democrática’, ‘Medicina Democrática’ y ‘Psiquiatría Democrática’, por mencionar algunos.

Fueron más que movimientos porque dieron un paso más allá: eran movimientos de lucha que luego se convirtieron en instrumentos para ejercer el poder desde abajo; formas intermitentes, pero permanentes, de tomar los espacios de poder.

No definiría estas formas como ‘contrapoderes’ porque el término me parece ambiguo; insinúa una resistencia minoritaria y subordinada, mientras que la hipótesis aquí era dar vida a formas alternativas, a la prefiguración de una forma diferente de manejar la sociedad y concebir la democracia.

Sin embargo, este experimento también ha terminado, después de haber sido víctima de la contraofensiva neoliberal que comenzó en la década de 1980. Los movimientos de lucha habían creado las condiciones para su creación, pero no respaldaron plenamente el papel de los consejos.

Para dar un ejemplo concreto en el contexto italiano, el movimiento contra la privatización del agua fue influyente hace algunos años, hasta el punto de exigir ‒ y ganar‒ un referéndum. Pero este movimiento, simplemente, se evaporó y, con pocas excepciones, nunca fue capaz de formar un ‘consejo’, lo bastante arraigado en el ámbito territorial como para abordar todos los problemas y responsabilidades que surgieron de la victoria del referéndum (como la cuestión de quién debía invertir en el mantenimiento de los ductos, los criterios para desarrollar las redes de distribución de agua, etc.), y al final anulando la sustancia misma de esa importante conquista.

Socializar los bienes comunes: cooperativas y mercados

En la actualidad está en marcha, afortunadamente, un debate muy activo en los movimientos sobre cuestiones relacionadas con los bienes comunes, es decir, sobre la idea de una socialización ‒más que una nacionalización estatal‒ de activos públicos. Sin embargo, está claro que esta idea necesita más que la capacidad de protesta y, en su lugar, requiere su estructuración permanente.

Pero eso no es todo. Las cooperativas, experiencias con una larga tradición en muchos países europeos, se originaron en condiciones similares: crear empresas que administran servicios o producen activos propiedad de los propios trabajadores empleados en esas empresas. En Italia, la Federación de Cooperativas existe desde hace más de un siglo, lo mismo que en el Reino Unido y otros países.

Como Hilary Wainwright analiza en su último libro, A New Politics from the Left, Tony Benn relanzó la idea de las cooperativas para salvar las fábricas que, de lo contrario, estarían condenadas al cierre. En Argentina, por ejemplo, es precisamente este modelo de empresa cooperativa el que se adoptó para gestionar las numerosas fábricas en dificultades durante la crisis financiera, a menudo con gran éxito.

Tras el espectacular derrumbe económico de Argentina en 2001, la clase media más próspera de América Latina se encontró ante un panorama desolador de fábricas abandonadas y desempleo generalizado.

Sin embargo, una no puede dejar de reflexionar sobre cómo se han desarrollado la mayoría de estas experiencias de empresas cooperativas. En Italia, la Federación de Cooperativas es ahora uno de los grupos empresariales más poderosos del país: administra supermercados, seguros, sector inmobiliario, etc., pero sus métodos no son diferentes de cualquier otra empresa privada. Sus empleados no tienen voz en sus sucursales, no tienen dividendos y están expuestos a las mismas, si no peores, condiciones de explotación laboral. Mientras este tipo de negocio tenga que competir en el mercado, inevitablemente terminará aceptando sus imperativos, el más importante de los cuales es la maximización de beneficios.

El modelo de autogestión que caracterizó al socialismo yugoslavo, un buen ejemplo al principio, entró en crisis cuando la fase inicial de acumulación condujo al siguiente paso, en el que una vez que los ingresos se habían distribuido entre los socios, era necesario decidir cómo invertir el beneficio restante. Una vez más, las empresas autogestionadas tuvieron que ajustarse a las leyes del mercado financiero, con todas sus consecuencias.

Esto no significa que no podamos o no debemos intentarlo, siempre que tengamos en cuenta que no es tan fácil como podría parecer y que no es suficiente crear una cooperativa para satisfacer lo que Raymond Williams definió en 1961 como ‘la creciente determinación con que las personas desean autogobernarse’.

Sobre este tema, Hilary Wainwright escribe que es necesario pasar del ‘poder gubernamental’ al ‘poder transformativo’, indicando la posibilidad de generar cambios incluso antes de alcanzar el gobierno, movilizando a la sociedad civil.

Si bien estoy de acuerdo con esto, creo que también es esencial recordar que aunque es posible darse cuenta de lo que Gramsci denominó ‘prefiguraciones alternativas’, siempre hay ámbitos de lucha, de ‘zonas liberadas’ en un territorio que todavía está en manos del enemigo en una guerra que continúa. No deberíamos, por tanto, hacernos ilusiones de que sea posible alguna forma de crecimiento orgánico de experiencias sin dolor que se extiendan y modifiquen la realidad tan fácilmente como un virus.

La complejidad de los problemas que enfrentamos hoy sirve para recordarnos la urgencia con la que los movimientos necesitan pasar al siguiente nivel. Lograr una sociedad que represente una alternativa a la barbarie a la que nos somete el capitalismo tardío se hace más difícil no solo porque nuestros adversarios se han vuelto más poderosos, sino también porque la revolución necesaria va mucho más allá y necesita ser más completa de lo que se teorizó hace un siglo.

Ya no es suficiente pedir una redistribución más justa de las mismas cosas. Más bien existe la necesidad de producir bienes diferentes de una manera diferente y consumir cosas diferentes, es decir, vivir de una manera diferente, de acuerdo a valores y prioridades distintas de las que teníamos en el pasado. Es por eso que necesitamos cambiar los sujetos en sí, los protagonistas del cambio posible.

Si bien es cierto que las nuevas paradojas de nuestra época ofrecen por primera vez las bases objetivas para imprimir a la crítica del capitalismo un impacto práctico, al derrocamiento cualitativo de la estructura social y los valores que la regulan, a lo que Marx solo había sido capaz de aludir debido al momento histórico, también es cierto que, para equilibrarlos, debemos revisar nuestra práctica política y nuestra estrategia.

Una alternativa convincente al consumo irracional

Si queremos proponer una alternativa convincente, debemos ser capaces de responder a la búsqueda de significado que surge de la inquietud actual.

Esto es lo que no hemos podido hacer, excepto con la palabra. No hemos producido, como sería necesario, prácticas sociales que permitan a la sociedad movilizarse en formas que sean más que esporádicas. Y hacer esto a pesar de que las personas sienten cada vez más la irracionalidad de un sistema que depende de las elecciones de un mercado tan miope que no puede ver más allá de sus narices. Un mercado que identifica la rentabilidad individual y a corto plazo, en lugar de uno que pueda apoyar a la comunidad y tener un impacto a largo plazo.

Basta pensar en la cuestión ambiental, para lo cual debemos actuar en sentido ascendente y no descendente; por eso es necesario apuntar a la productividad y rentabilidad diferida, ya que solo en el largo plazo pueden ser rentables las inversiones necesarias para la investigación, la innovación y la transformación de infraestructuras.

Solo en el largo plazo la inversión que podría haber sido rentable en el futuro inmediato revelará sus fallas: las víctimas ‒la comunidad‒ tendrán que pagar las pérdidas y los costes, no la compañía o la persona que generó el daño.

Del mismo modo, la mayoría de nosotros nos damos cuenta de la irracionalidad entre la oferta cada vez mayor de bienes de consumo individuales que exceden en gran medida nuestras necesidades básicas, mientras que la demanda de consumo colectivo esencial como escuelas, salud, cuidado de personas mayores y niños, transporte, organización territorial, etc., sigue en gran medida insatisfecha.

En el supermercado, una familia puede encontrar todos los aperitivos posibles y superfluos (cuando no insalubres), pero si el abuelo cae enfermo es una tragedia porque no hay nadie que lo cuide.

Todos nosotros (o casi todos) estamos convencidos de que la revolución ya no consiste en un solo acto de insurrección, sino que la ruptura necesaria solo puede ser el fruto de un largo proceso histórico. Ya no es una cuestión de ocupación, como fue el caso del Palacio de Invierno en San Petersburgo en octubre de 1917, sobre todo porque el poder real ya no existe, ni se le encuentra en los parlamentos nacionales o supranacionales.

Hoy, las decisiones que realmente importan se derivan de acuerdos comerciales o financieros privados en los mercados globales, y no de deliberaciones políticas. (De hecho, en las últimas décadas no solo se han privatizado los servicios públicos, sino también el poder legislativo en sí mismo: la reciente compra de Monsanto por parte de Bayer tendrá más consecuencias para nuestras vidas que cualquier decisión tomada por nuestros propios parlamentos).

Debemos prepararnos para un largo viaje y conquistar lo que Gramsci llamó los casematte, los fuertes que protegen el poder de las sociedades capitalistas avanzadas, mucho más que el Estado mismo y sus ejércitos

Si este es el caso, debemos prepararnos para un largo viaje y conquistar lo que Gramsci llamó los casematte, los fuertes que protegen el poder de las sociedades capitalistas avanzadas, mucho más que el Estado mismo y sus ejércitos. Por eso es necesario que los movimientos y los partidos que luchan por lograr una sociedad diferente den un salto cualitativo y no se limiten a manifestarse en las cumbres del G7 o a ganar elecciones.

El último libro de Wolfgang Streeck, ¿Cómo terminará el capitalismo?, presenta una hipótesis dramática: habrá una fase en la que el sistema capitalista, finalmente, se desintegrará y producirá conflictos sangrientos e irracionales y terribles exclusiones, y sin embargo, ningún otro sistema puede prevalecer.

De nuevo, viene a la mente Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos’’. Si Streeck tiene razón, y es posible que así sea, es fundamental asumir cada vez más la responsabilidad de administrar directamente la sociedad y cultivar habilidades de autoorganización. No es un proyecto sencillo, pero no deberíamos contentarnos con decir que no lo intentamos porque era demasiado difícil.

Hablar juntos de política: aprender de nuestras diferencias

Después de escribir estas notas, me di cuenta de lo difícil que es para nosotros hablar juntos sobre política. Eso se debe a que la Historia ha producido experiencias, estructuras y culturas que difieren mucho no solo entre continentes, sino también entre las naciones europeas. Naciones que están totalmente integradas en el sistema capitalista, pero muy distintas en muchos sentidos en sus respectivas superestructuras.

Llegué a esta conclusión cuando estaba leyendo el último libro de Hilary Wainwright, a quien conozco desde hace muchos años. Cuando Hilary analiza los partidos, por ejemplo, alude al modelo del Partido Laborista británico, un partido parlamentario por excelencia. Sin embargo, yo me refiero al Partido Comunista Italiano, cuya acción parlamentaria fue solo un aspecto, y no el más importante, dentro de un ámbito de actividad mucho más amplia. Empezamos a hacer una distinción clara entre partidos y movimientos después de 1968. Antes de ese momento histórico, los dos eran prácticamente indistinguibles.

Los movimientos respectivos del 68, a pesar de compartir un núcleo común fuerte, se desarrollaron de manera muy diferente. Desde esta perspectiva, Italia era una anomalía: al igual que en Francia, el movimiento nació en las universidades, pero se extendió inmediatamente entre las fábricas, donde inicialmente se enfrentó a una fuerte oposición de los sindicatos.

Sin embargo, finalmente, los sindicatos se abrieron a nuevas formas y contenido de lucha que se difundió, al menos en parte, a través de sus poderosas redes y terminó por extenderse por toda la sociedad. Los mismos problemas de las escuelas y la educación también se convirtieron en los problemas de los trabajadores de las fábricas, una cuestión abordada no solo por los estudiantes, sino también por aquellos que nunca fueron a la escuela porque fueron excluidos.

También es por esta razón que en la década de 1970 se obtuvo una de las más importantes, aunque muy parciales, victorias: las 150 horas, es decir, el derecho de los trabajadores a 150 horas de estudio por año, no para estar mejor capacitados para realizar las tareas que exigían sus empleadores, sino para adquirir cultura.

La respuesta que un trabajador dio cuando su jefe quería obligarlo a usar sus 150 horas para mejorar sus habilidades profesionales sigue siendo tan famosa como emblemática: "¡No! ¡Yo quiero usar mis 150 horas para aprender a tocar el violín!". El 68 de Italia fue diferente porque, aunque el trasfondo fuera ampliamente compartido por toda la sociedad, era profundamente para y por la clase trabajadora, y no desapareció con una mera explosión estacional; duró diez años.

La rica acumulación de experiencias que disfrutamos en Italia hasta fines de la década de 1970 y que dio lugar a debates sobre el ‘caso italiano’, que atrajo un gran interés, no nos inmunizó contra una dura derrota. Y hoy nos encontramos quizás en una situación peor que otros países. Deberíamos reflexionar juntos sobre cómo ocurrieron los acontecimientos en Italia y en otros lugares. Pero para ello necesitaremos otro momento y otro artículo.

SOBRE LA AUTORA

Luciana Castellina es periodista, escritora y activista. Se afilió al Partido Comunista Italiano en 1947, fundó el periódico Il Manifesto en 1970 y fue elegida para el Parlamento Europeo de 1976 a 1999, donde presidió la Comisión de Cultura y la Comisión de Relaciones Económicas Exteriores. Actualmente preside el partido Sinistra Italiana (Izquierda Italiana) y es presidenta honoraria de ARCI (Associazione ricreativa culturale italiana). Es autora de numerosos libros, entre ellos La scoperta del mondo (2011), finalista del Premio Strega, el principal premio literario de Italia.

Traducción: Nuria del Viso

Este artículo forma parte del informe Estado del poder 2018, editado en castellano por Transnational Institute (TNI) y FUHEM Ecosocial.

Publicado originalmente en español en Viento Sur

 

Luciana Castellina