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ESTADO DEL PODER 2017

El poder de las culturas del porno

Karen Gabriel

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El negocio del porno ha sido identificado como una de las actividades más lucrativas y que generan más dinero fácil y rápido.

En 2007, se estimó que la industria del porno por internet en los Estados Unidos producía en torno a 2900 millonesde dólares al año, que provenían principalmente de usuarios-consumidores masculinos. Según un estudio de 2011, las estimaciones de facturación del sector a nivel mundial —que incluyen ingresos de fuentes como sitios web, revistas, televisión por cable, servicios de películas en las habitaciones de los hoteles y juguetes sexuales— rondaron los 97 000 millones de dólares en 2006. Paul Fishbein, de la red Adult Video News Media Network explica que, de estos, aproximadamente 13 000 millones procedían de los Estados Unidos, pese a que se había registrado un aparente “descenso en la industria del entretenimiento sexual”.

Hilton Jr. y Watts señalan que, al parecer, la recaudación de la industria del porno global supera los ingresos combinados de Microsoft, Google, Amazon, eBay, Yahoo, Apple y Netflix. Además, estas cifras no incluyen los cálculos de la industria del porno infantil, que es un fenómeno distinto e independiente, y que va más allá del objeto de estudio de este trabajo.

Con cifras de negocio como las mencionadas, y el hecho de que se producen entre 10 000 y 11 000 películas porno al año en los Estados Unidos (frente a las 400 de Hollywood), se desprende que la pornografía ha dejado de ser la ‘atracción secundaria’ para convertirse en el ‘acto central’. Sin embargo, no suele ser el centro de los análisis de los movimientos sociales, ni de sectores liberales o progresistas de cualquier tipo.

La globalización del porno

Las cifras de negocio declaradas y estimadas pueden ser vistas como importantes indicadores del tamaño de la industria, pero no como una medida definitiva de ella. Cabe suponer que el tamaño de la industria es mayor, y nunca menor que los ingresos notificados. Dennis McAlpine, un analista que ha cubierto la industria del entretenimiento durante casi tres décadas, en una entrevista en el programa Frontline de la televisión pública estadounidense, señalaba:

No hay razón alguna por la que las empresas del sector del entretenimiento para adultos quieran parecer más grandes, a no ser que sean tipo Playboy, que siempre ha buscado manifestarse como algo mayor de lo que es. La mayoría de ellas dirían: “Oh, solo somos una pequeña industria casera y artesanal. Estamos luchando por sobrevivir…”. No quieren dar a conocer de manera notoria todo el dinero que han ganado. Por eso no los ves correteando en sus Rolls, que guardan en el garaje y sacan los fines de semana. Les hace llamar mucho la atención. Entonces temen que se les investigue y que algunos de los llamados grupos de interés público comiencen a perseguirlos.

Además, las cifras exactas y fiables de la industria del porno pueden ser difíciles de obtener, por varias razones.

Primero, el fenómeno del porno en sí mismo es desigual en su aparición, producción, distribución y consumo, dentro de los países y entre ellos.

Segundo, países como India, China, Bangladesh, Pakistán, Afganistán, muchos Estados de la región de Oriente Medio y el Norte de África (excepto Egipto), algunos países africanos, Cuba, Indonesia o Malasia han ilegalizado su producción, distribución y, en algunos casos, incluso su consumo, de manera parcial o total, por lo que no se generan cifras al respecto.

Asimismo, las cifras propiamente dichas, cuando están disponibles, se deben elaborar con cuidado y yuxtaponerse con otros descriptores, para poder luego interpretarlas con detalle. Por ejemplo, aunque Pornhub identificó en 2016 que India era el tercer país del mundo con mayor densidad de tráfico de porno, este país no es en realidad uno de los productores principales de porno y, seguramente, tampoco un consumidor habitual o tradicional, pese a que pueda ser considerado un consumidor clave en términos del número absoluto de usuarios-consumidores.

Lo que suele suceder es que la penetración de internet se ha confundido con el consumo de porno, y los estereotipos raciales-culturales promueven la percepción de la sociedad ‘india’ como sexualmente reprimida y, por lo tanto, con una propensión a prácticas como el consumo de pornografía.

Aquí no pretendo desarrollar la categorización de la sociedad india ni las concepciones de la sexualidad en que se basa, sino simplemente mencionar que el tráfico de pornografía relativamente más intenso de la India puede, de hecho, ser simplemente una consecuencia del tamaño demográfico (la India es el segundo país más poblado del mundo), y no un indicador de una propensión particular a ver pornografía. Además, la penetración de internet no se traduce necesariamente como uso de internet (a diferencia de lo que ocurre en muchos países industrializados).

De hecho, según MetaCert —un complemento de internet que funciona como un sistema de control parental para evitar que sitios web malintencionados se muestren en el navegador—, parece existir una mayor tendencia tanto a la producción como al consumo en las zonas industrializadas del mundo: los principales diez países donde se alojan los sitios web con contenido pornográfico son los Estados Unidos, los Países Bajos, el Reino Unido, Alemania, Francia, Japón, Australia, Canadá, las Islas Vírgenes Británicas y la República Checa.

La mayor presencia por cápita de conectividad y redes de pornografía en los países industrializados puede atribuirse a varios factores, como: a) elementos logísticos como el suministro regular y constante de electricidad, infraestructuras de información y telecomunicación (TIC) robustas (redes, servidores, cables ópticos, conectividad), equipos viables con los que la gente puede acceder a internet y a los contenidos digitales, acceso a internet y el coste del acceso a internet, ancho de banda; y b) factores socioculturales, tales como una mayor aceptación del porno y la cultura porno, los registros específicos en los que se producen o se pueden producir conversaciones sobre la sexualidad, las normas sexuales-de género, la organización de la sexualidad-el género o las economías sexuales predominantes.

Pese a que no todas estas circunstancias se aplican de manera igualitaria y uniforme, y a pesar de la gran controversia que se atribuye al fenómeno, el porno y la cultura del porno han crecido claramente, expandiéndose de forma espectacular en todo el mundo. Y su influencia se puede encontrar en todas partes: en anuncios hipersexualizados llenos de insinuaciones sexuales; en canales de televisión (tales como FTV o AXN, en la India) que han sido criticados y sancionados por alojar contenido sexual obsceno o censurable; o en videojuegos que, al mismo tiempo, hipersexualizan y son obscenamente brutales (por ejemplo Gotcha, Custer’s Revenge, Grand Theft Auto, Dead or alive Xtreme Beach Volleyball, RapeLay).

Este fenómeno difiere mucho del dilatado y muy trillado uso del sexo para anunciar y vender algo (más allá de sí mismo). Se trata de un aumento exponencial y una normalización de tipos específicos de sexualidad explícita y contenido sexual que antes eran, y en ocasiones siguen siendo, considerados obscenos o pornográficos.

Este aumento general y manifiesto de la aparición e incluso de la aceptabilidad de tipos específicos de temáticas e imágenes sexuales en el dominio público ha sido denominado ‘pornificación’ de los medios de comunicación (o el uso de imágenes de tipo pornográfico en la representación de situaciones cotidianas como, por ejemplo, en los anuncios de automóviles o helados); ‘integración de la pornografía en la cultura dominante’ (o la creciente aceptación de algunos tipos de pornografía como inofensivos y que solo necesitan ser monitorizados por adultos —como el softcore—, en especial en referencia a la pornografía heterosexual); ‘pornificación de la cultura’ (o el creciente uso de temas, situaciones, etcétera de corte pornográfico en los fenómenos culturales cotidianos; por ejemplo, en series televisivas y canales sobre moda); o ‘pornograficación de la cultura capitalista dominante’ (lo mismo que lo anterior, pero centrado en la interpretación del porno como un producto del capitalismo).

La expansión de las culturas pornográfica y porno puede entenderse como una función de factores tales como a) la aparición y expansión de internet; b) los procesos de globalización, liberalización y privatización, que incluyeron la privatización de los medios de comunicación y la expansión de los servicios de TIC, pero que también generaron c) crisis socioeconómicas que entrañan una creciente precariedad y el agravado movimiento nacional y transnacional de personas causado por los desplazamientos forzosos, y otros elementos incitadores y disuasivos; y d) los factores socioculturales como el aumento de las personas —tanto hombres como mujeres— dedicadas al trabajo sexual, además de circunstancias socioculturales como la mayor aceptación de la cultura del porno y la ampliación de los horizontes y las expectativas sexuales.

¿Porno ‘políticamente correcto’?

Hay una variedad del porno que se declara ‘feminista’. La pornografía feminista pretende dar respuesta a las preocupaciones sobre la producción, las prácticas laborales, o el contenido y las cuestiones éticas que rodean a la corriente dominante. Las pornógrafas ‘feministas’ afirman ofrecer mejores condiciones de trabajo, de salud y salarios, y contenido alternativo que satisfaga las auténticas necesidades, deseos y sexualidad de las mujeres, en lugar de las de los hombres.

Por lo que respecta a los matices, esto suele implicar una línea argumental más elaborada, cambios en el punto de vista de la filmación, más filtros, el bloqueo ocasional de la visibilidad, o un trabajo de cámara menos intrusivo. Sin embargo, las alegaciones de que las condiciones en el rodaje son más equitativas y flexibles no han sido verificadas.

De hecho, a pesar de las reivindicaciones de pornógrafas ‘feministas’ como Tristan Taormino y Erika Lust, las realidades económicas y sociales de los y las artistas intérpretes o ejecutantes siguen siendo turbias, los modismos continúan siendo más o menos convencionales, y el imperativo del beneficio se mantiene intacto.

Al hablar sobre la pornografía ‘feminista’ de Taormino, cuyas afirmaciones coinciden con quienes “producen, interpretan y/o apoyan la pornografía feminista”, Rebecca Whisnant escribe que “su trabajo está cargado de concepciones restringidas y limitadas del feminismo, la autenticidad, y la ética sexual, así como por las exigencias basadas en los beneficios de producir ‘pornografía feminista’ dentro de la industria de la pornografía convencional”.

De hecho, a pesar de las reivindicaciones de pornógrafas ‘feministas’… las realidades económicas y sociales de los y las artistas intérpretes o ejecutantes siguen siendo turbias, los modismos continúan siendo más o menos convencionales, y el imperativo del beneficio se mantiene intacto.

La misma Taormino ha comentado en varias ocasiones cómo el mercado y el dinero han moldeado sus películas.

En respuesta a las crecientes críticas y el examen de las disparidades económicas y las cuestiones éticas en torno a las condiciones en las que trabajan los artistas, los pornógrafos ahora hablan con frecuencia del consentimiento y la elección de los artistas intérpretes o ejecutantes.

La fetichización de la raza, la clase y el imperialismo siguen siendo comunes y prominentes en géneros como la pornografía ‘gonzo’ y ‘pick-up’, y en categorías como ‘afro’, ‘asiático’, ‘negro y asiático’, ‘adolescente rubia’, ‘blanco’ y así sucesivamente.

El juego sobre la raza, la agresión masculina y la sumisión femenina son evidentes y siguen siendo temas recurrentes en la pornografía ‘feminista’. La serie Rough Sex de Taormino es ejemplo de ello, ya que muestra a las mujeres siendo ahogadas, abofeteadas, amordazadas, escupidas, degradadas y llorando. Aunque resulte sorprendente, la práctica en la que un hombre eyacula sobre una mujer también se conserva muchas veces en el porno que se autoidentifica como feminista.

Estas observaciones no están dirigidas a cuestionar los grandes asuntos de la agenda feminista que tratan de hacer posible la representación, la articulación y la práctica libres y seguras del deseo femenino y la sexualidad. Por el contrario, pretenden servir como un indicador del poder insidioso con el que las ideologías opresivas y explotadoras que dominan el mundo del porno puedan convertirse en medidas para criticarla y corregirla.

Escribiendo sobre los problemas de “descolonizar la mente india”, el crítico indio Namwar Singh señala: “El espíritu que buscamos exorcizar ha infiltrado el mismo mantra a través del cual buscamos exorcizarlo”. Que un comentario sobre los procesos de descolonización pueda aplicarse al dominio de la imaginación pornográfica es revelador.

Otra cuestión en la orientación y el alcance de las discusiones sobre el porno es que, hasta el momento, gran parte de la investigación sostenida y patrocinada sobre el porno ha tenido lugar dentro de la industria en países en los que el porno ha sido reconocido como una actividad legítima (bien como una forma de trabajo sexual, bien como un tipo de cine, o ambos).

Estos comprenden principalmente países del ‘Norte’ Global, como los Estados Unidos, el Reino Unido, Australia, Japón, Canadá, y partes de Europa. En consecuencia, se ha desarrollado un cuerpo modesto pero creciente de trabajo empírico y analítico sobre el negocio del porno en estos países.

Sin embargo, a pesar de la creciente presencia de diversos tipos de pornografía en otras partes del mundo, especialmente en el ‘Sur’ Global, y la identificación de estas partes del mundo como mercados lucrativos para promover la pornografía digital en particular, casi no se han realizado trabajos al respecto en esas regiones del mundo.

Por otra parte, y al igual que ocurre con los poderes (desequilibrados) de la ubicación, los trabajos académicos relevantes del ‘Sur’ Global son a menudo ignorados, infrarrepresentados o denigrados por aquellos que trabajan en el ‘Norte’ Global.

En consecuencia, los hallazgos, las observaciones, los marcos discursivos y las prácticas relacionadas con diversos asuntos sobre el negocio del porno en sí —incluidos la naturaleza, el alcance y la organización del negocio— y cuestiones afines —como prácticas sexuales, normas de género, condiciones económicas, leyes y políticas— que son específicas del ‘Norte’ Global, se vuelven hegemónicas, universalizadas y aplicadas normativamente al ‘Sur’ Global.

Las consecuencias de lo anterior se pueden resumir de la siguiente manera: en primer lugar, las condiciones materiales en las que tienen lugar la producción, la distribución y el consumo de pornografía en estas regiones se oscurecen, se descuidan o se ignoran; en segundo lugar, los marcos analíticos y discursivos a través de los cuales se examina el porno en estos contextos se disocian del contexto y del lugar, y terminan siendo trabajos derivativos de los mainstream; y, en tercer lugar, las conversaciones tienden a convertirse en abstractamente morales o puramente filosóficas, en detrimento de un discurso más robusto contextualmente, basado en datos, y discursivamente matizado.

Es vital reconocer que las disparidades en los métodos de producción, distribución y uso-consumo acarrean sus propias dinámicas complejas, que se deben tener en cuenta en cualquier análisis del negocio del porno.

Por ejemplo, Sunder Rajan observa que la “posición posmoderna liberacionista” ha enmarcado tanto el trabajo sexual como los argumentos para la despenalización y la regulación en términos de ‘agencia’, ‘emprendimiento’ y ‘elección racional’. Tal marco puede ser inapropiado en la India o en la mayoría de los contextos del Tercer Mundo, donde existen realidades como la explotación, la coerción y formas de prostitución familiar.

Por otra parte, los estudios han demostrado que un promedio del 70 % de las prostitutas de la UE son migrantes, muchas de las cuales están indocumentadas o forman parte de organizaciones informales, y existen argumentos convincentes para vincular la pornografía y la prostitución, y considerar el porno como un nexo significativo en la cadena del trabajo sexual, y no solo como un género representacional.

La socioeconomía del porno

Los investigadores han constatado vínculos entre la pornografía y la prostitución, el tráfico de personas y las formas modernas de esclavitud, con industrias ‘hermanas’ como las del alcohol y las drogas, o las fuerzas armadas, los medios de comunicación y el mismo mundo corporativo.

Las principales conclusiones a este respecto son que: a) el negocio del porno en la mayor parte del mundo no está organizado ni regulado; b) por lo tanto, utiliza a las mujeres (y a los hombres y los niños y niñas) de dondequiera que sea, siempre que estén disponibles a bajo precio; c) y, así, está estrechamente vinculado con la prostitución, la trata y la esclavitud, de donde obtiene mano de obra barata y vulnerable; d) sus productos son utilizados por distintas industrias y empresas, no solo como entretenimiento (por las industrias militares u hoteleras), sino para promover ventas, por ejemplo, de drogas para mejorar el rendimiento sexual por parte de la industria farmacéutica; o para reforzar concepciones sobre los estereotipos corporales desde la industria de la moda.

Actualmente existen más estudios —y una aceptación mucho mayor de estos— en torno a ámbitos relacionados con el trabajo sexual, como la prostitución y otros tipos de transacciones sexuales, que los relativos a la pornografía. Una de las razones que explican este fenómeno es la reducción sistemática del campo de la pornografía a las imágenes de los vídeos para adultos.

La mayoría de las investigaciones sobre el porno lo tratan ‘puramente’ como un fenómeno de representación textual que se rige por leyes relacionadas con la libertad de expresión y la libertad artística, más que como un fenómeno socioeconómico —el trabajo sexual—, que entonces se regiría por un conjunto distinto de leyes penales, civiles y laborales, y sistemas de regulación. A pesar de que “los estudios transnacionales mostraron un fuerte vínculo bidireccional ‘entre la pornografía y la prostitución’”, la pornografía rara vez se considera un eslabón en la cadena del trabajo sexual.

La presión para tratar lo pornográfico como un evento puramente textual o como un fenómeno puramente representacional viene a través de grupos de presión y a través de argumentos políticos, polémicos y analíticos. Por supuesto, es mucho más fácil estudiar el porno como un texto ‘puro’, separado de la política y las condiciones en que se produce y se recibe.

Al fin y al cabo, el negocio del porno es muy hermético, tanto que a veces es clandestino, y a menudo se sitúa en los límites de la ilegalidad o la criminalidad. Es muy difícil tener acceso a cualquiera de los actores clave en él, ya se trate de artistas, productores o distribuidores.

La mayoría de las investigaciones sobre el porno lo tratan ‘puramente’ como un fenómeno de representación textual… más que como un fenómeno socioeconómico.

En el caso específico de la pornografía en internet, existen problemas conceptuales y analíticos como la comprensión de la dinámica operativa de internet y el problema logístico del seguimiento. Johnson señala que “según Google, hay más de un billón de páginas de contenido en la web en la actualidad, mientras que solo había 26 millones hace apenas 10 años; esto implica que el tamaño de la web se ha multiplicado por 40 000 en solo una década”. Por lo tanto, se dispone de información limitada sobre las condiciones materiales en las que se produce, distribuye y consume el porno.

Sin embargo, es probable que las líneas divisorias epistémicas y las brechas de conocimiento perduren durante un tiempo, ya que la investigación sobre el porno, además de ser desigual, muchas veces se desincentiva de manera activa. A pesar del tamaño del negocio o del hecho de que ahora se ha ‘normalizado’ como un fenómeno dominante, el estudio de la pornografía se estigmatiza sistemáticamente, como si el estudio del fenómeno equivaliera a su práctica.

En consecuencia, se extiende a la investigación y al investigador la acusación general de desprecio, inmoralidad, incluso el libertinaje y la criminalidad atribuidos a este campo: el estigma que se asocia con el objeto de la investigación se extiende al investigador y a la investigación.

Porno S.A.: las compañías que dirigen la industria

 

El estigma asociado y la reducción del negocio a sus textos e imágenes provocan que la pornografía se desencaje en la práctica de la compleja, densa y lucrativa cadena de actividades comerciales sexuales dentro de las cuales, por lo demás y en realidad, se encuentra.

La mayor parte de la industria es propiedad privada de individuos o corporaciones privadas, un hecho que contribuye al secretismo que caracteriza a esta industria. Los vínculos existentes entre el mundo corporativo y el negocio del porno quedaron suficientemente claros en la iniciativa del porno-capitalismo de Francis Koenig.

Koenig, que era ejecutivo de un fondo de alto riesgo de Wall Street, es fundador, presidente y director general de la sociedad de capital privado orientada a adultos AdultVest, que, desde 2005, busca impulsar, legitimar y popularizar las ‘acciones del pecado’, poniendo en contacto a inversionistas del gran capital con empresas de entretenimiento para adultos.

En noviembre de 2013, Vicex Fund fue promocionado como el “único fondo de inversión del pecado”, y cuenta con activos que suman un total de casi 211,17 millones de dólares, invertidos en 97 grupos empresariales. Entre estos grupos, cabe destacar a Philip Morris, Lorillard, British American Tobacco, gigantes de la defensa y las armas como Lockheed Martin y Raytheon, compañías de cerveza como Carlsberg y Molson Coors, y algunas casas de apuestas. Así que aunque a las inversiones en esos ‘fondos del vicio y el pecado’ muchas veces se les quita importancia y se las anonimiza, cada vez más se comercializan de forma agresiva y abierta como atractivas, aceptables y ‘a prueba de recesión’.

 Hace años ABC News reveló que compañías como General Motors, AOL Time Warner y Marriott obtenían unos ingresos con la distribución de películas para adultos en los hogares y las habitaciones de hotel de los Estados Unidos que no hacían constar en los informes de sus compañías.

De hecho, Chris Hedges explica que:

General Motors posee DIRECTV, que distribuye más de 40 millones de canales de retransmisión de porno entre los hogares estadounidenses cada mes. AT&T Broadband y Comcast Cable son actualmente las mayores empresas estadounidenses que albergan usuarios de pornografía que utilizan Hot Network, Adult Pay Per View y servicios temáticos similares.

Johnson hace una observación acerca de las conexiones entre la pornografía y las grandes empresas:

Tanto AVN como X-Biz publican informes empresariales en los que relatan cómo las compañías, los sitios web y las marcas negocian entre sí. Estos informes documentan conexiones nuevas y ya consolidadas, entre y dentro de la pornografía y las principales empresas.

También se relata cómo muchas de las principales cadenas hoteleras, como Marriott, Hilton y Westin, solían obtener ingresos de películas para adultos sin mencionarlo en los informes de sus compañías.

En 2001, ABC News informó de que los títulos para adultos estaban disponibles en formato de películas en alrededor del 40 % de todas las habitaciones de hotel en los Estados Unidos, de tal forma que los hoteles participantes compartían los ingresos con las empresas de entretenimiento en la habitación que proporcionaban el contenido. Ahora, con la llegada del porno digital, internet se ha convertido en el proveedor preferido de pornografía, y los hoteles ofrecen acceso completo a internet, ya sea de manera gratuita o por un determinado precio.

La expansión de internet también ha facilitado el desarrollo sin precedentes del porno amateur. Este tipo de pornografía pronto empezó a desdibujar las líneas entre el sexo ‘real’ y el ‘representado’, entre otras cosas porque su rápida popularidad llevó a los pornógrafos profesionales a producir una especie de porno amateur —con caras nuevas, desconocidas, cámaras de vídeo de mano y filmación de estilo documental— que dio en llamarse ‘pornografía gonzo’, y que empezó a distribuirse y venderse de la misma manera que el porno profesional.

Además, mientras que una cantidad sustancial de pornografía amateur era, y sigue siendo, subida a los servidores libremente, los amateurs emprendedores también comenzaron a vender sus propias imágenes (películas e instantáneas), en sitios web que comenzaron a abastecer específicamente a esta demanda.

Además, como demuestra Johnson, la propia organización de internet facilita la comercialización incluso de los contenidos que parecen ser ‘gratuitos’ o ‘libres’. Así, a pesar del gran volumen de pornografía gratuita disponible, los sitios web pornográficos continúan ganando dinero de afiliados a quienes dirige el tráfico. Este tráfico se monetiza a través de intermediarios de flujos, la mayoría de los cuales ni siquiera visita esos sitios.

Los procesos transnacionales de convergencia tecnológica, convergencia de medios de comunicación y convergencia de plataformas están construyendo una temible convergencia de intereses y estrategias empresariales patriarcales y capitalistas.

John Straw, autor de iDisrupted y presidente del consejo de administración digital de Thomas Cook, destaca otro aspecto de la relación entre las operaciones convencionales y el porno. En su opinión,“el porno será el catalizador detrás de la adopción del consumidor de a pie de dispositivos de realidad virtual”, como Oculus RiftkSony Project Morpheus, HTC Vive, Samsung Gear VR, Microsoft HoloLens o Razer OSVR.

Straw también señala que plataformas como VHS ganaron la guerra contra Sony Betamax debido a que su formato fue adoptado por la industria del porno. Y opina que lo mismo sucederá con la realidad virtual, en la cual “lo que impulsará su adopción será, de nuevo, el porno”.

Uno de los requisitos clave para una tecnología pornográfica eficaz y viable —especialmente del tipo envolvente como es la realidad virtual— es la privacidad. En la era de las tecnologías de la información y comunicación (TIC), esta cuestión ha sido abordada por la continua migración tecnológica de los dispositivos domésticos compartidos hacia los teléfonos inteligentes y las tabletas. Esto facilitará la transferencia de “contenido mejorado y adaptado... a estos dispositivos personales”.

Otros asuntos que afectan a la distribución, la privacidad, la fiabilidad de los dispositivos, la accesibilidad, o los modos de pago seguros y eficientes se abordan constantemente en colaboración con las compañías de TIC, la mayoría de las cuales son corporaciones multinacionales.

Los procesos transnacionales de convergencia —convergencia tecnológica, convergencia de medios de comunicación y convergencia de plataformas— que caracterizan a la industria de las comunicaciones en particular, han hecho posible todo esto. Además, ello ha facilitado el uso y consumo del porno en dispositivos personales (como teléfonos y computadoras), y a través de diferentes cadenas de distribución (como medios de comunicación impresos y en línea), al mismo tiempo que se ha construido una temible convergencia de intereses y estrategias empresariales patriarcales y capitalistas.

¿Liberación sexual o explotación neoliberal?

Quienes defienden la pornografía, interpretan la proliferación de la explicitud sexual como un testimonio de la democratización del deseo, por así decirlo, como consecuencia de la creciente apertura sexual y la igualdad de género.

Sostienen que el porno per se, el creciente volumen de pornografía y la mayor visibilidad de esta son signos positivos de una sociopolítica democratizadora y de un régimen político-económico favorable.

Aquellos que critican el porno suelen invocar el principio del daño. Establecen vínculos entre la explotación sexual y la pornografía, y entre estas y la violencia estructural, el empobrecimiento, la violencia de la transnacionalización, la creciente vulnerabilidad de las mujeres y los niños frente a los empresarios del sexo comercial, y las culturas sexuales cambiantes.

El porno puede entenderse como un fenómeno cultural que manifiesta el nexo entre un conjunto de instituciones (por ejemplo, empresas, medios de comunicación, TIC); prácticas de género; la organización de la sexualidad; fenómenos directamente vinculados como la explotación sexual; fenómenos indirectamente vinculados como las redes delictivas, la economía gris y sus canales; modismos representativos; y la dimensión de género y la sexualización del poder dentro de estos elementos y entre estos.

Curiosamente, se suele pensar en el sector corporativo y el cambio tecnológico como si fueran algo neutro desde el punto de vista del género. Jeff Hearn señala que la corporación multinacional, supuestamente ‘neutra en materia de género’, está, de hecho, muy sexuada: “Las corporaciones multinacionales suelen construirse como si fueran de género neutro, sin género en el discurso cotidiano, la investigación, los medios de comunicación y el debate político”. En realidad, “las corporaciones multinacionales y su organización y gestión constituyen uno de los elementos de la hegemonía transnacional de los hombres dentro del transpatriarcado”.

El porno puede entenderse como un fenómeno cultural que manifiesta el nexo entre un conjunto de instituciones (por ejemplo, empresas, medios de comunicación, TIC) [la economía socio-política en sentido amplio]… y la dimensión de género y la sexualización del poder dentro de estos elementos y entre estos.

Hearn, y Connell y Messerschmidt han argumentado que las TIC también son, en gran medida, un escenario de hombres. En muchos movimientos transnacionales, tanto físicos como virtuales, quienes ejercen el poder son grupos concretos de hombres.

Hearn señala que, a pesar de que son consideradas virtuales —o quizá precisamente por ello—, es bueno recordar que “las TIC no son tecnologías desencarnadas, sino que operan en las prácticas sociales locales”,1 creando relaciones sociales y sexuales materiales.

Las TIC han producido transformaciones históricas de gran éxito en la promoción de la trata y la explotación sexual de mujeres, en el suministro de información enciclopédica sobre la prostitución, y la (re)composición y prestación del comercio sexual: los pornógrafos también son líderes en el desarrollo de la privacidad en internet y servicios de pago seguros.

Los espectadores pueden interactuar con películas en DVD de manera similar a los videojuegos, dando al hombre un papel aparentemente más activo. La ‘realidad’ y la ‘representación’ convergen; y la mercantilización sexual avanza rápidamente.

Las observaciones que formuló Hearn en 2009 sobre la convergencia de lo real y lo representativo tienen aún mayor importancia hoy, casi ocho años después, en relación con el fenómeno creciente de los espectáculos sexuales en directo. Estos han ido a caballo del uso creciente —y, por lo tanto, de la creciente facilitación tecnológica— de los vídeos en directo a través de internet, así como de la popularidad de la pornografía amateur antes señalada.

Desde la perspectiva del porno, esto implica la compra de espectáculos sexuales en directo, en los que el usuario-consumidor (generalmente masculino) puede dirigir el espectáculo. Se estima que este tipo de proyección genera 1000 millones de dólares anualmente, y que esta cifra continúa creciendo. Aunque esto parece ser en gran medida una actividad voluntaria en los Estados Unidos, “para muchas personas, especialmente fuera de los Estados Unidos, la proyección en directo a través de una cámara web es una forma de explotación e incluso de tráfico sexual”.

De igual manera, se ha vuelto cada vez más evidente que las nuevas formas de trabajo sexual están profundamente relacionadas con la industria del porno, y las mujeres, las niñas y las personas vulnerables —las personas más desfavorecidas, las personas que sufren discriminación racial, el precariado— son las que desempeñan los empleos más peligrosos.

Como he tratado de mostrar en este artículo, es solo a través de la ubicación de la práctica en los contextos donde se desarrolla, en lugar de mediante los términos y marcos teóricamente producidos, que surge una imagen más clara de las fuerzas que determinan la producción, la distribución y el uso-consumo.

Tal vez lo más preocupante, como hemos visto, es el espectacular crecimiento del porno con las TIC e internet, y de nuevas formas más interactivas y más ‘reales’ de pornografía, que aprovechan la tecnología vanguardista de la realidad virtual, y que de manera creciente e insistente difuminan las distinciones entre ‘realidad’ y ‘representación’, ‘aficionado’ y ‘profesional’, ‘gratis’ y ‘de pago’.

Estos cambios pueden verse como indicadores de hasta qué punto el porno está configurando el género y la sexualidad, no solo como capital cultural, sino como capital ‘real’, a través de los sistemas de monetización ofrecidos por internet.

Como la tecnología hace que el acceso al porno no solo sea más fácil, sino mucho más privado e íntimo que nunca, el porno sirve como vehículo para el suministro de estos nuevos capitales culturales directamente a las experiencias más privadas e íntimas de sus usuarios-consumidores.

Este proceso se hace eco de las conocidas prácticas en las que el capital financiero ha evolucionado y se ha difundido, a medida que se ha desarrollado el neoliberalismo. Por ejemplo, Google se surte del intercambio de información y no de la venta de productos, como han hecho las empresas de manera convencional.

Esto entraña consecuencias de gran alcance, no solo para la forma en que los usuarios-consumidores ponen en práctica su género y sexualidad —pues las líneas entre lo que es ‘verdadero’ y ‘virtual’ son cada vez más difusas en lo que respecta a la pornografía—, sino por la forma en que se produce este tipo de pornografía (para los ‘artistas intérpretes o ejecutantes’ y las maneras en que la manifestación de su género y sexualización serán determinadas por las demandas del porno y la pornificación).

El rápido crecimiento del fenómeno de los chats de vídeo eróticos, por ejemplo —donde, en la mayoría de las ocasiones, son mujeres las que se desnudan, se masturban y ‘charlan’ con su clientela, (sobre todo) masculina, hasta hacerlos llegar al orgasmo, a través de vídeos en vivo, por dinero— ejemplifica bien la disipación de las fronteras entre lo real y lo virtual, lo real y lo representacional, y entre el trabajo sexual y el trabajo en el mundo del porno. Los diversos aspectos e implicaciones de estos cambios (a menudo con profundas implicaciones raciales y de género) se deben evaluar y analizar con detalle, ya que los modismos de la pornografía, y el porno en sí mismo, se vuelven cada vez más ubicuos.

Este ensayo forma parte de un proyecto de investigación desarrollado por la autora gracias al programa de becas Marie Curie (IIF), financiado por la Unión Europea.

SOBRE LA AUTORA

Karen Gabriel es directora del Centro de Procesos de Género, Culturales y Sociales de St Stephen’s College, y profesora adjunta de inglés de St. Stephen’s College, Universidad de Delhi. Actualmente está finalizando un proyecto sobre las bases industriales-comerciales de la pornografía en la India y los Países Bajos, en calidad de investigadora asociada del Instituto de Estudios Sociales de la Universidad Erasmo de Rotterdam, en La Haya. Karen es autora de numerosos artículos que tratan sobre género, sexualidad, cine, nación y representación.