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ESTADO DEL PODER 2017

Gánsteres para el capitalismo: por qué la clase trabajadora estadounidense se alista en el ejército

Colin Jenkins

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A través de su dependencia de la relación entre el trabajo y el capital, reforzada por el proteccionismo, ejercido por el Estado, de la propiedad privada con el fin de facilitar esta relación, el capitalismo crea una dependencia natural del sistema asalariado para la gran mayoría. Tras la eliminación del ‘bien común’ durante la transición del feudalismo al capitalismo, el campesinado se transformó en una mayoría trabajadora que servía tanto de mercancía como de herramienta para los propietarios de los medios de producción..

Aunque los que nacimos dentro de la mayoría de clase trabajadora no tengamos mucho más remedio que someternos a la mercantilización de rigor, a veces se nos presenta alguna posibilidad de decidir el grado en el que permitimos a los capitalistas, a los propietarios, a las corporaciones y a sus políticos deshumanizarnos como sus herramientas.

Por ejemplo, aunque estamos obligados a entrar en el mercado laboral, en ocasiones podemos elegir entre empleos públicos o privados, y de esta manera limitar el grado de explotación. Aunque no nos queda más remedio que buscar vivienda, a veces podemos elegir vivir en colectividad con la familia o con los amigos.

Uno de los ámbitos en los que existe la elección total es en ‘la empresa del Imperio’, sobre todo en lo que se refiere a mantener y promover el Imperio estadounidense moderno. Aunque los Gobiernos de todo el mundo están utilizando los adelantos tecnológicos en robótica para sustituir a los cuerpos humanos dentro de las filas militares, y así disminuir su dependencia de la clase trabajadora, hay todavía una enorme dependencia de las personas para que actúen como herramientas de guerra. En las fuerzas armadas ‘voluntarias’ como las estadounidenses, la ‘voluntariedad’ es todavía un componente fundamental de la misión.

Como precursor y guardián del capitalismo global, las fuerzas armadas estadounidenses disponen de casi tres millones de empleados en todo el mundo, lo que incluye a las personas en servicio activo, al personal de reserva y a los ‘equivalentes civiles a tiempo completo’. El presupuesto oficial propuesto por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos para el ejercicio fiscal de 2017 es de 582 700 millones de dólares, lo que ―combinado con los sistemas afines de ‘seguridad’― asciende a más de un billón de dólares.

Según informes públicos del Pentágono, el Imperio estadounidense tiene 662 bases militares en 38 países. Desde el nacimiento de los Estados Unidos en 1776, el país ha estado en guerra o implicado en algún conflicto militar durante 219 de esos 240 años.

A lo largo de la historia, el Gobierno estadounidense, representando y defendiendo directamente los intereses del capital y de las élites económicas, ha necesitado la participación en sus fuerzas armadas de muchos millones de ciudadanos de la clase trabajadora, con el fin de llevar a cabo sus misiones por la fuerza.

Durante generaciones, la clase trabajadora estadounidense ha respondido a este llamamiento para servir, en palabras del general del Cuerpo de Marines Smedley Butler, como ‘gánsteres del capitalismo’.

Durante generaciones, la clase trabajadora estadounidense ha respondido a este llamamiento para servir, en palabras del general del Cuerpo de Marines Smedley Butler, como ‘gánsteres del capitalismo’. Millones de personas han perdido la vida para allanar el camino a los nuevos mercados globales, robar y expoliar valiosos recursos naturales de otros países, y asegurar miles de millones de dólares de beneficios para unos pocos privilegiados.

¿Por qué? ¿Por qué se alista voluntariamente, e incluso con entusiasmo, la clase trabajadora para servir en unas fuerzas armadas que impulsa el mismo sistema que la mina y enajena en su vida cotidiana?

Hegemonía cultural y adoctrinamiento capitalista

Podemos empezar a responder a esta pregunta si recordamos el concepto de Antonio Gramsci de hegemonía cultural para constatar cómo los intereses capitalistas han dado forma a la cultura dominante en la sociedad estadounidense. Basándose en el binario hegeliano de la influencia social ―en el que el poder de la sociedad se mueve entre la ‘sociedad política’ y la ‘sociedad civil’―, Gramsci sugirió que el poder se basa en dos formas: la coerción (Dominio) o el consenso (Direzione).

Según Gramsci, la batalla ideológica entre las clases gobernantes y las subalternas se gana, en última instancia, mediante “la hegemonía de un grupo social sobre toda la sociedad nacional ejercida a través de las llamadas organizaciones privadas, como la Iglesia, los sindicatos, las escuelas, etcétera”.

Bajo el capitalismo, la jerarquía depende del Estado para controlar y dictar estos órganos centrales de influencia ideológica y, de esta manera, establecer la hegemonía cultural. Esto no lo hace necesariamente, de manera muy centralizada o coordinada, un grupo muy unido, sino más bien sucede de forma natural, mediante los mecanismos del sistema económico.

De la misma manera que la base económica determina la ‘superestructura’ de la sociedad, la superestructura da cuerpo, a su vez, a los intereses de la base económica. En este ciclo, los intereses de la clase capitalista se transforman en los intereses de la clase trabajadora.

Desentrañar esta dinámica nos permite explicar por qué estadounidenses empobrecidos, que viven en remolques destartalados y dependen de ayudas gubernamentales, todavía ondean con orgullo el trapo rojo, blanco y azul; por qué decenas de millones de personas empobrecidas miden cuánto valen en función de la ropa de diseño o las zapatillas deportivas que llevan; por qué esas mismas personas, que apenas pueden cubrir sus necesidades básicas, dedican gran parte de su tiempo a mirar embobados y venerar a celebridades obscenamente ricas; o por qué más de 100 millones de personas de la clase trabajadora votan cada cierto tiempo a políticos que no las representan.

Nos permite también explicar ―al menos en parte― por qué algunas personas de la clase trabajadora son tan insensibles con respecto a sus iguales de clase al servir en fuerzas armadas imperialistas y policías militarizadas.

Esta cultura ―que a la postre viene determinada por el capitalismo― recibe sus valores a través de muchos canales distintos, tanto formales como informales. Una parte se consigue por medio de la enseñanza oficial, en la que los intelectuales tradicionales se especializan cada vez más y el proceso de aprendizaje y pensamiento es sustituido por el adoctrinamiento.

En su análisis de 1926 sobre las singularidades del sur, La cuestión meridional, Gramsci escribió sobre este fenómeno:

“El viejo tipo de intelectual era el elemento organizador de una sociedad de base esencialmente campesina y artesanal; para organizar el Estado, para organizar el comercio, la clase dominante produce un tipo particular de intelectual… el cuadro técnico, el especialista en las ciencias aplicadas… es este segundo tipo de intelectual el que ha prevalecido, con todas sus características de orden y disciplina intelectual.”

Aunque Gramsci se refería específicamente a los intelectuales que predominaban en el norte de Italia en su época, y en cómo influían en la ‘burguesía rural’ y su ‘miedo irracional de los campesinos’, aludía también al desarrollo general de una hegemonía cultural que caracteriza al sistema capitalista:

“El primer problema a resolver… era modificar la dirección política y la ideología general del proletariado mismo como elemento nacional que vive en el complejo de la vida estatal y sufre inconscientemente la influencia de la escuela, del periódico, de la tradición tradiciones burguesa.”

Destapar estos elementos hegemónicos que provenían de la base económica de la sociedad era fundamental, según Gramsci, para exponer la propaganda de la clase gobernante que permeaba todas las capas de las culturas trabajadora y campesina del momento.

¿Cómo se interpreta hoy el análisis de Gramsci? Dentro de los sistemas de la educación oficial, expone los parámetros estrictos establecidos por los modos capitalistas de producción y las normas sociales que resultan de estos. Explica por qué la educación oficial ―aun en su nivel más alto― adopta a menudo la forma de adoctrinamiento.

Un ejemplo excelente de este adoctrinamiento se puede ver en el campo de las Ciencias Económicas; los estudiantes de las instituciones más prestigiosas y con mayores logros académicos parecen incapaces de aplicar el pensamiento más allá de los estrechos confines del liberalismo clásico y su equivalente moderno del capitalismo neoliberal.

Puede que sean doctores en Filosofía de las universidades más célebres, miembros de la Reserva Federal o miembros muy influyentes del gabinete del presidente, pero todos demuestran una falta de disposición o incapacidad para reconocer las contradicciones más obvias dentro de su teoría.

El adoctrinamiento que se ha apropiado de la base de todos los sectores del ‘estudio’ y el ‘conocimiento’ formal fluye inevitablemente por toda la sociedad y procede de las instituciones elitistas que están diseñadas de forma específica para justificar y mantener la base económica, y pasa de ahí a convertirse en las llamadas ‘políticas públicas’.

A su vez, los programas educativos públicos creados por la jerarquía capitalista no se ocupan de la capacidad crítica de los estudiantes para entender o pensar, sino de convertirlos más bien en ‘herramientas dóciles y pasivas de producción’.

Parte de este proceso se centra en la creación de trabajadores obedientes solo mínimamente competentes para cumplir su papel laboral de explotación; y otra parte del mismo proceso se centra en impedir que los mismos trabajadores piensen y reconozcan con capacidad crítica su explotación dentro de este sistema. Lo primero fetichiza la obediencia, el control y la ‘ética del trabajo’; lo segundo obstaculiza la conciencia y la resistencia.

Estas estructuras ‘públicas’ formales de la ideología dominante se emparejan de forma natural con componendas más informales que produce el sistema de mercado, en especial el proceso consumista. De esta manera, a los trabajadores se les moldea a través de una progresión estructurada que empieza en el nacimiento.

En este estímulo fabricado para consumir reside una ideología complementaria que convence a la gente trabajadora de ―literalmente― invertir en el sistema capitalista y, así, servirle y protegerlo.

Al cumplir este papel, los trabajadores se convierten en consumidores, tanto de artículos necesarios como ostentosos. Como el sistema capitalista estadounidense ha llegado a depender cada vez más del consumo ostentoso (constatado en el fenómeno de la ‘economía de la oferta’ de la década de 1980), este modo de vida, reservado en otro momento a la ‘clase ociosa’, se ha apoderado ahora de la ‘clase laboriosa’ (clase trabajadora).

La intensificación del proceso consumista ha expuesto a la clase trabajadora a los canales informales de adoctrinamiento establecidos mediante la publicidad y el marketing, el entretenimiento popular como los espectáculos televisivos, las películas y los videojuegos, y la llegada de una industria voyerista multimillonaria basada en la veneración del ‘culto a la personalidad’ y la celebridad (y por tanto de la riqueza).

Evidentemente, cuando el consumo se convierte en la única meta en la vida, a la gente se le empuja más y más a consumir. Al hacerlo, la clase trabajadora sirve a la cultura capitalista, incluso en su ‘vida personal’. En este estímulo fabricado para consumir reside una ideología complementaria que convence a la gente trabajadora de ―literalmente― invertir en el sistema capitalista y, así, servirle y protegerlo.

¿La seguridad de quién?

En una sociedad basada en la división de clases, el miedo se convierte en una herramienta útil para crear ideología e imponer las agendas de la clase gobernante, con el consentimiento de la clase trabajadora.

Igual que con el concepto de hegemonía cultural de Gramsci, en el que los intereses de los propietarios y los promotores del capital se aceptan gradualmente como los intereses de las masas, los temas de seguridad se difuminan también entre los concebidos para proteger a los poderosos y los concebidos para proteger a los desposeídos.

La cultura moderna de la seguridad que se ha impuesto en los Estados Unidos ―sobre todo después del 11 de septiembre de 2001― obliga a multitud de ciudadanos no solo a someterse a medidas autoritarias y de vigilancia, sino también a sumarse al trabajo de llevar a cabo estas medidas. Los estadounidenses hacen esto con una voluntariedad escandalosa.

Las razones de esta sumisión incontestable a la autoridad pueden encontrarse en un ejemplo manifiesto: la Ley Patriota de los Estados Unidos. Con la amenaza del ‘islam extremista’ y el ‘terrorismo global’, este tipo de legislación se aprobó con facilidad porque, como con todas las medidas de esta índole, se aprovecha de las necesidades emocionales (e irracionales) originadas por el miedo.

Mark Neocleous señala:

“La seguridad presupone la exclusión. Pongamos como ejemplo la Ley Uniendo y Fortaleciendo a los Estados Unidos al Proporcionar las Herramientas Adecuadas Necesarias para Interceptar y Obstruir el Terrorismo, aprobada a las pocas semanas de los atentados contra el World Trade Centre. Con más de 340 páginas y 21 enmiendas, se dijo que la Ley era necesaria e imprescindible para el nuevo proyecto de seguridad que estaba a punto de ponerse en marcha en todo el mundo.

La Ley Patriota modificó el derecho penal y los procedimientos de inmigración para permitir la detención indefinida, alteró los procedimientos de inteligencia para permitir monitorizar los hábitos de lectura mediante la vigilancia de los archivos de bibliotecas y librerías, e introdujo medidas que permitieran un mayor acceso a los bienes, los correos electrónicos y los archivos financieros y educativos. Pero si la Ley trata de la seguridad, también destaca por las palabras de su título, elaborado por el acrónimo que produce: USA PATRIOT. La implicación es evidente; es una ley dirigida al patriotismo estadounidense; oponerse a ella es antipatriótico.”

Esta cultura moderna de la seguridad ha asumido también una agenda extremadamente amplia y vaga de la ‘seguridad nacional’, un término que representa una construcción muy específica de la estrategia gubernamental diseñada para crear un instrumento que acoge y acomoda el crecimiento infinito del complejo militar industrial.

De hecho, el término se eligió deliberadamente al jugar con las palabras ‘defensa nacional’, utilizadas después de la II Guerra Mundial en un intento de reconfigurar y crear “una institución militar unificada junto con un consejo de defensa nacional”

La agenda extremadamente amplia y vaga de la ‘seguridad nacional’… representa una estrategia gubernamental diseñada para crear un instrumento que acoge y acomoda el crecimiento infinito del complejo militar industrial.

En 1947, el término ‘defensa común’ ya se había abandonado, adoptándose el de ‘seguridad nacional’, seguido de la creación del Consejo de Seguridad Nacional y la Ley de Seguridad Nacional. James Forrestal, secretario de la Marina, explicó el propósito de este cambio de palabras: la “seguridad nacional solo puede conseguirse con un frente amplio e integral” mientras que, explicaba, “estoy utilizando aquí la palabra ‘seguridad’ consecuente y continuamente en lugar de ‘defensa’”.

Como señala Neocleous, la palabra ‘seguridad’ era un término mucho más amplio que la palabra ‘defensa’ ―que se consideraba demasiado ceñida a lo militar― y también más sugerente que la de ‘interés nacional’, vista por muchos como un concepto demasiado débil para fundamentar el ejercicio del poder del Estado o ―por sus connotaciones egoístas― sencillamente demasiado negativa.

Este giro consciente de ‘defensa’ a ‘seguridad’ se hizo por razones bastante obvias. El discurso de despedida del presidente Dwight Eisenhower en 1961 ―que incluyó un aviso inquietante sobre el sigiloso complejo militar industrial que había llegado a ser en gran medida intocable― expuso la razón subyacente en un episodio poco frecuente de profunda sinceridad procedente de una figura política destacada.

Cuatro décadas antes, en un episodio similar, el teniente general estadounidense Smedley Butler denunció la esencia de esta institución insidiosa, al equiparar su carrera militar de 33 años con servir “como hombre fuerte para las grandes empresas, Wall Street y los banqueros” y como “un saqueador y gánster para el capitalismo”:

“Ayudé a que México, y en especial Tampico, fuera un lugar seguro para los intereses petrolíferos estadounidenses en 1914. Contribuí a hacer de Haití y Cuba un lugar decente para que los chicos del National City Bank amasaran sus rentas. Colaboré en la violación de media docena de repúblicas centroamericanas al beneficio de Wall Street. Ayudé a purificar a Nicaragua para la International Banking House of Brown Brothers entre 1902 y 1912. Aporté luz a la República Dominicana para los intereses azucareros estadounidenses en 1916. Ayudé a enderezar a Honduras para las compañías fruteras estadounidenses en 1903. En China contribuí en 1927 a despejar el camino para que no se molestara a Standard Oil.”

Este giro realza también la importancia de comprender el concepto de Gramsci de ‘hegemonía cultural’ y cómo se desarrolla en el mundo real.

Al analizar el enfoque de la política nacional de los Estados Unidos en el último siglo, vemos cómo los tipos de ‘seguridad’ se pueden dividir en dos: la que se centra en los intereses de la minoría de la clase gobernante y la que se centra en los de la mayoría de la clase trabajadora.

Al analizar el enfoque de la política nacional de los Estados Unidos en el último siglo, vemos cómo los tipos de ‘seguridad’ se pueden dividir en dos: la que se centra en los intereses de la minoría de la clase gobernante y la que se centra en los de la mayoría de la clase trabajadora.

Un ejemplo de este último, que se describe acertadamente como ‘seguridad social’, puede constatarse en el período posterior a la Gran Depresión y el subsiguiente enfoque en la seguridad (social) de la clase trabajadora con el New Deal. Neocleous apunta a la literatura del momento para destacar esta cultura enraizada en la seguridad social:

“El economista Abraham Epstein, por ejemplo, había publicado un libro titulado 'Insecurity: A Challenge to America', en el que hablaba del ‘espectro de la inseguridad’ como el azote de la vida del trabajador bajo el capitalismo, mientras que Max Rubinow articulaba demandas para ‘una estructura completa de seguridad’ en un libro titulado 'The Quest for Security'.”

Un informe de 2012 publicado por The Corner House ofrece una diferenciación muy clara y útil entre la seguridad de ‘bajo perfil’ y la de ‘alto perfil’.

El primer tipo, la de ‘bajo perfil’ (que Neocleous llama ‘social’), se aplica específicamente a la mayoría de clase trabajadora. Este tipo de seguridad, que nos afecta a todos, abarca “las múltiples protecciones prosaicas de la subsistencia: retener la tierra que trabajas y de la que dependes; disponer de techo, agua limpia y estaciones regulares; saber que puedes volver a casa sin que te asalten ladrones o merodeadores; conseguir un precio suficiente por tus cultivos para que puedas cubrir tus necesidades básicas; y, sobre todo, saber que tienes derecho a los medios para tu supervivencia”.

El segundo tipo de seguridad, considerada de ‘alto perfil’ (y a la que Neocleous se refiere como ‘nacional’), atañe específicamente a la clase capitalista. “Esta es la seguridad que le importa sobre todo a las élites gobernantes: la seguridad de contar con bienes y privilegio, además del acceso a la fuerza necesaria para contener cualquier avance o resistencia de las personas desposeídas o necesitadas”.

Cuando se toman algunas acciones bajo al amparo de la seguridad nacional, es por dos razones principales: para proteger los intereses de la clase gobernante y para alimentar el inmensamente rentable complejo militar industrial. Cuando importantes figuras políticas poseen a título personal activos financieros en la industria armamentística, como es a menudo el caso de los Estados Unidos, estos dos propósitos van de la mano. El hecho de que esta industria se haya desarrollado de manera tan intensa en el epicentro global del poder capitalista (los Estados Unidos) era previsible.

El ensayo que publicó Karl Kautsky en 1914 sobre el ‘ultraimperialismo’ describía con claridad esta etapa inevitable, al señalar que, cuando los Gobiernos capitalistas, en representación de los sectores que generan beneficios, se vieron forzados a buscar nuevas zonas industriales, “el dulce sueño de la armonía internacional (el libre comercio) se acabó pronto” porque, “por regla general, las zonas industriales doblegan y dominan a las zonas agrarias”.

De esta manera, el fruto del capitalismo industrial, en su búsqueda constante de nuevos mercados para explotar, solo puede conseguirse mediante el ejercicio de la fuerza y el poder. Una vez que la bola se pone en marcha, esta expansión enérgica se convierte en un ciclo perpetuo gracias a la apertura de mercados, la fabricación y el despliegue de armas de destrucción masiva, y la reconstrucción de mercados.

En este proceso, la enorme pérdida de vida humana se considera un sacrificio necesario y aceptable a la luz de los beneficios potenciales.

La etapa final del capitalismo, que se ha materializado durante los últimos 50 años, confirma estas relaciones de poder basadas en la búsqueda obsesiva de mayores beneficios. Esta etapa final la ocupan corporaciones que “engullen los gastos públicos, es decir, el dinero del contribuyente, como cochinos en un comedero” y que cuentan con la ayuda de una industria de ‘seguridad’ que se financia “con los 612 000 millones de dólares autorizados por la ley de defensa” que contribuyen a “desembolsos reales de seguridad nacional por más de un billón de dólares al año”, y “ha conseguido que el Gobierno se comprometa este año (2015) a gastar 348 000 millones de dólares en la próxima década para modernizar nuestras armas nucleares y construir 12 nuevos submarinos nucleares clase Ohio, cuyo coste se estima en 8000 millones de dólares cada uno”.

Irónicamente, al sostener la seguridad de alto perfil, la mayoría de clase trabajadora mina su propia seguridad. A medida que la seguridad de alto perfil se fortalece, también lo hace nuestra inseguridad. A pesar de esto, seguimos siendo participantes activos en el mantenimiento del orden establecido, altamente militarizado .

Excepcionalidad y patriotismo

Reconocer la diferencia entre la seguridad de ‘bajo perfil’ y la de ‘alto perfil’ nos permite ver cómo los intereses de la clase gobernante pueden ser heredados por la mayoría de clase trabajadora mediante la construcción de una ‘amenaza exterior’ o enemigo común.

“La seguridad, tradicionalmente atribución del amo o del Estado, ha tenido siempre una relación ambivalente e incómoda con las ‘seguridades’ de bajo perfil del bien común. La ley se utilizaba para quitar la tierra y la subsistencia al pueblo, pero, a veces, se movilizaba al mismo pueblo para defenderla. La capacidad del amo o del Estado para hacer la guerra se solía usar en contra de muchas personas corrientes, tanto nacional como internacionalmente, pero también podía alistar a una comunidad dispuesta a defender el territorio y el sustento contra enemigos comunes.”

Hoy, las amenazas exteriores y los enemigos comunes se construyen a través de la cultura popular. Las emisoras corporativas de comunicación, que solo se preocupan de los índices de audiencia y, por tanto, de las ganancias, eligen las narrativas sensacionalistas, cuyo propósito es producir miedo y sobresalto en el espectador.

En este reino de ‘noticias’ basadas en las ganancias, no hay necesidad de propaganda gubernamental, porque los canales corporativos cumplen este papel mediante el sensacionalismo. La creación que tiene éxito en el discurso de la creación de la amenaza extranjera va de la mano de la narrativa dominante de seguridad, centrada en la seguridad de alto perfil.

Esto se hace también posible mediante una intensa exposición al patriotismo al que el ciudadano estadounidense es sometido desde una edad temprana cuando, como niños, nos obligan a formar en las aulas con la mano en el corazón y citar una promesa de lealtad como si fuéramos drones.

The War You Don't See, un documental de John Pilger

A los niños y niñas de cinco años se les obliga a participar en este ritual cuando no tienen ni idea de qué dicen ni por qué lo dicen, y qué significa esa extraña promesa hecha a un trapo que cuelga en el rincón. A medida que crecemos, esta lealtad forzada se mezcla con vagas ideas de orgullo y lealtad, todas definidas según criterios de otros, sin prácticamente ningún fundamento.

La idea de la excepcionalidad estadounidense sirve como fundamento de este condicionamiento y tiene sus raíces en las prácticas culturales y religiosas de los primeros colonos que, procedentes de Europa, “creían que realizaban una misión especial en el desierto para construir una ciudad en una colina en nombre del padre celestial”, explica Ron Jacobs:

“Esta creencia dio a los puritanos la luz verde celestial para asesinar a mujeres y niños Pequot, y la misma creencia dio al general Custer la señal para matar a cuantos indios Sioux pudo. Hizo que el asesinato en masa de civiles coreanos y vietnamitas fuera aceptable para los soldados en No Gun Ri y My Lai, y exoneró a los oficiales que intentaron ocultar al mundo aquellos y muchos otros crímenes. Dio a George Bush la única razón que necesitaba para continuar su cruzada contra la zona del mundo que impedía que los mercenarios agazapados detrás de él persiguieran su proyecto de un nuevo siglo estadounidense.”

Esta idea ha servido de motivación a las clases gobernantes de los Estados Unidos (y posteriormente al orden capitalista global) para pisotear a los pueblos del mundo y establecer una hegemonía mundial favorable al crecimiento capitalista.

Y es esta idea, a menudo enraizada en la supremacía cristiana blanca, que ha dado a muchos estadounidenses de clase trabajadora un falso sentido de superioridad sobre la población global, compuesta por ‘salvajes’, ‘paganos incivilizados’, ‘sucios comunistas’, ‘árabes atrasados’ o ‘extremistas musulmanes’.

A causa de su organización eurocéntrica, la embestida capitalista global que ha dominado el mundo moderno tiene cimientos descaradamente raciales. Las ‘naciones principales’ que han encabezado esta hegemonía global (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania) tienden a estar compuestas por personas que tienen la piel más ‘clara’, mientras que las ‘naciones de la periferia’, que forman el grupo dominado (principalmente en el Sur Global), tienden a tener la piel más ‘oscura’.

Esta opresión basada en la cultura de los blancos facilita a las clases gobernantes de las ‘naciones principales’ justificar sus acciones ante sus propios ciudadanos. Como nos dice el teórico de los sistemas mundiales Samir Amin, para los pueblos de las naciones de la periferia, “la colonización fue (y es) atroz. Como la esclavitud, fue y es un ataque a los derechos fundamentales”, y su perpetuación está motivada por la ganancia material.

“Si quieres entender por qué estos derechos se han pisoteado y por qué se siguen pisoteando hoy en todo el mundo”, dice Amin, “hay que deshacerse de la idea de que el colonialismo fue el resultado de algún tipo de conspiración. Lo que estaba en juego era la lógica económica y social que debería recibir su nombre verdadero: el capitalismo”.

En relación con la trayectoria del capitalismo, los conceptos de excepcionalidad y patriotismo estadounidenses son casi siempre fachadas de llamamientos para obedecer las leyes del capitalismo y la supremacía blanca. Son herramientas eficaces y poderosas.

Muchas personas responden a este llamamiento porque, francamente, somos incapaces de comprender la explotación sistemática que nos asedia bajo el capitalismo. Para muchas personas es difícil entender que aplaudir el bombardeo masivo de pueblos árabes y musulmanes en todo el mundo o hacer llamamientos públicos para matar en masa a las personas negras que protestan en lugares como Ferguson y Baltimore solo fortalecen el sistema que nos aplasta en nuestra vida diaria.

Esta incapacidad para entender el contexto está enraizada en el sistema educativo oficial antes mencionado, que prioriza la obediencia por encima de la curiosidad, con el objetivo final de obstaculizar cualquier grado de conciencia de clase por parte de los ciudadanos estadounidenses.

Para los niños y niñas de clase trabajadora en los Estados Unidos, este ‘consentimiento fabricado’ acentúa la desesperación existente que se materializa mediante una dependencia forzada del trabajo asalariado. Los empleos e ingresos son necesarios para nuestro sustento, pero estos no siempre existen. En los Estados Unidos, el desempleo, ingrediente básico del capitalismo, oscila entre el 4 y el 8 %.

El subempleo o la falta de puestos de trabajo que proporcionen un salario digno asedia a otro 25 a 30 %, y hasta el 40 % de la población según algunos cálculos, en esta época de neoliberalismo y globalización, cuando muchos puestos de trabajo anteriormente sindicados y de ‘clase media’ se han deslocalizado al extranjero. La tasa de pobreza ―según cifras del Gobierno― se encuentra tozudamente entre el 13 y el 15 % de la población estadounidense. En 2015, 15,8 millones de hogares (42,2 millones de estadounidenses) sufrían inseguridad alimentaria.

A consecuencia de este escenario económico desolado, se obliga a muchas personas en los Estados Unidos a considerar la posibilidad de alistarse. Mi propio alistamiento ―cuatro años en el ejército― se vio fuertemente influenciado por la falta de opciones. La universidad me resultaba demasiado costosa, el mercado laboral era reducido y tenía pocos recursos para explorar la vida como adulto; la decisión de alistarme fue relativamente fácil, a pesar de la dureza que planteaba.

Escoger un futuro desconocido en el que podría encontrarme en cualquier lugar del mundo, luchar contra el enemigo que escogiera mi Gobierno y, a la postre, arriesgar mi vida y bienestar me parecieron mejor opción que vagar sin rumbo en un mundo en el que no se garantizan mis necesidades básicas, y los empleos, salarios dignos y la vivienda asequible son escasos.

Durante el tiempo que pasé en el entrenamiento militar básico, recuerdo que se preguntaba a cada soldado por qué se había alistado. La respuesta más común era ‘porque necesitaba un empleo’ o ‘porque necesito dinero para la universidad’.

Durante el tiempo que pasé en el entrenamiento militar básico, recuerdo que se preguntaba a cada soldado por qué se había alistado. La respuesta más común era ‘porque necesitaba un empleo’ o ‘porque necesito dinero para la universidad’.

Mi experiencia personal se ve confirmada en un estudio de campo realizado en 2015 por Brad Thomson para el Instituto de Estudios Anarquistas, en el que en una serie de entrevistas con veteranos se llegó a la conclusión de que “el hilo conductor básico es que procedían de la clase trabajadora y que la razón de su alistamiento fue, en la aplastante mayoría de los casos, económica”.

Como dijo una veterana, Crystal Colon: “Los reclutas son mayoritariamente personas que necesitan dinero para la universidad, para la atención médica o porque tienen familia y gastos”

Otro veterano, Seth Manzel, sacrificó sus creencias personales para satisfacer sus necesidades materiales: “Conocía la guerra en Afganistán; me parecía desacertada, pero estaba dispuesto a ir. Oía también los tambores de guerra en Iraq. Aún no habíamos invadido, pero estaba claro que lo íbamos a hacer. Me oponía a la idea, pero, una vez más, no tenía muchas opciones en cuanto a mis habilidades para solicitar otros empleos”.

Ante la desesperación material, los llamamientos espirituales y emocionales a cumplir con el deber son aún más eficaces. Como recordó un entrevistado: “Cuando me alisté, digamos que estaba adoctrinado… piensas que es tu país, que devuelves lo que te ha dado, te tocan la fibra sensible, y luego hay un lado pragmático: ‘¿Cómo voy a pagar la universidad? Tengo problemas porque mi familia no tenía ahorros, así que los tengo que solucionar por mí mismo y, ¿cómo lo voy a hacer?’. Para mí, los llamamientos al deber se afianzaron a través del rito repetitivo de las promesas de lealtad.”

A Hollywood no le faltaban los éxitos de taquilla que glorificaban la guerra y el servicio militar. Desde Amanecer Rojo a Rambo y Top Gun, a los niños de clase trabajadora como yo se nos inundaba (e inunda) con películas llenas de llamamientos apasionados y emocionales a servir en el ejército.

Y para los que crecimos en la década de 1980, a Hollywood no le faltaban los éxitos de taquilla que glorificaban la guerra y el servicio militar. Desde Amanecer Rojo a Rambo y Top Gun, a los niños de clase trabajadora como yo se nos inundaba (e inunda) con películas llenas de llamamientos apasionados y emocionales a servir en el ejército.

No es ninguna coincidencia que las fuerzas armadas estadounidenses realicen las campañas de reclutamiento en las poblaciones que sufren marginación económica para llenar sus filas, lo que explica por qué estas filas se llenan desproporcionadamente con personas afrodescendientes, latinas, pobres y de clase trabajadora.

Esta práctica moderna refleja un precedente histórico. Durante la Guerra de Vietnam, los estadounidenses afroamericanos y blancos pobres fueron llamados a filas en un porcentaje mucho mayor que sus homólogos de la clase media, lo que originó numerosas acusaciones de que “los afroamericanos y los pobres fueron utilizados deliberadamente como carne de cañón”.

Los afroamericanos representan hoy el 20 % de la población militar, pero solo el 13 % de la población total. Por el contrario, los blancos representan el 60 % de las filas militares, a pesar de ser el 78 % de la población general. Solo el 7 % de todas las personas alistadas están en posesión de una licenciatura. Cerca del 30 % de los reclutas militares en 2008 no tenían el graduado escolar y, de estos, una gran mayoría procedía de familias cuyos ingresos no superaban los 40 000 dólares al año.

Todas las ramas del ejército gastan, en conjunto, aproximadamente 1000 millones de dólares al año en publicidad, específicamente orientada a tocar esta fibra emocional. El contenido de esta publicidad, junto con las promesas que se hacen durante el reclutamiento, es en gran parte engañoso. El dinero para la universidad, disponible a través del Fondo Universitario, se sobrestima; las habilidades que supuestamente pueden ser de utilidad en la vida civil casi no existen, y la misma remuneración, distorsionada por los ajustes correspondientes a ‘alimentación’ y ‘vivienda’, está extremadamente sobrevalorada.

Durante el tiempo que serví a mi país, no era extraño ver a los soldados utilizar los programas de asistencia pública, además de recibir castigos, de acuerdo con el Artículo 15 del código de justicia militar, por entregar cheques sin fondos a cambio de alimentos.

En cada uno de mis destinos ―Fort Jackson (Carolina del Sur), Fort Sill (Oklahoma) y Fort Campbell (Kentucky)―, los prestamistas y establecimientos de cobro de cheques estaban estratégicamente ubicados, con el fin de explotar la necesidad de muchos soldados. Durante mis últimos dos años de servicio tuve que acudir a estos establecimientos, que cobraban hasta el 40 % de interés por adelantar la paga una o dos semanas. Para mí, como para muchos, este representaba un mal menor para mantener cualquier apariencia de un nivel de vida razonable.

Conclusión

Bajo el capitalismo, la mayoría de clase trabajadora se encuentra constantemente en un estado paradójico. Nuestra vida entera está dominada por actividades que benefician directamente a los propietarios de nuestras casas, a los que controlan la producción de las mercancías que compramos y a los dueños de las empresas en las que trabajamos. Nuestra participación en estas actividades hace más fuertes a estos propietarios, a la vez que nos aleja de una vida potencialmente productiva y creativa. Nuestras actividades incrementan el capital social y político de los propietarios, mientras estas nos separan de nuestras propias familias y comunidades.

Esta existencia desmoralizadora se acentúa cuando se nos llama para combatir y morir en guerras que, una vez más, solo benefician a estos propietarios.

En nuestra calidad de seres sociales, se nos condiciona para seguir el orden establecido, a pesar de su propensión a obligarnos a muchos de nosotros a transitar por vías autoritarias y militaristas. El vago concepto de patriotismo nos deja, irónicamente, vulnerables a la represión directa ejercida por nuestro propio Gobierno. Para las personas que gobiernan el mundo, la utilización del término ‘patriota’ en la Ley Patriota no fue arbitraria, de la misma manera que tampoco lo fue la decisión de sustituir ‘defensa’ por ‘seguridad’ en los debates sobre la política oficial.

Este juego de palabras es muy eficaz ante una población aturdida. Y la disonancia cognitiva es patente; aunque más del 80 % de los estadounidenses no cree que el Gobierno represente nuestros intereses, la mayoría de nosotros está de acuerdo con las políticas autoritarias de este mismo Gobierno, siempre que se les etiquete de patrióticas o se diseñen con el fin de controlar al ‘otro’.

Incluso la fe ciega en una Constitución que fue redactada hace 229 años por terratenientes elitistas acaudaladas (muchos de los cuales eran también esclavistas) fortalece este método de control, ya que crea otra forma vaga de americanismo que puede utilizarse para objetivos coercitivos.

De la misma forma que el patriotismo es un concepto vago por naturaleza, también lo son nuestras ideas respectivas de libertad, justicia, lealtad y servicio a nuestro país. De esta manera, cuando se nos pide dar nuestra vida por ‘el bien mayor’, ‘Dios y la patria’, ‘la defensa de la patria’ o ‘la libertad’, los estadounidenses de clase trabajadora se ofrecen en masa sin cuestionarlo, mueren y son mutilados en masa, y se privan en masa de derechos sociales y económicos, a pesar de haber ‘servido’ a su país.

La tendencia del capitalismo a la dependencia masiva del trabajo asalariado (y, por tanto, de la desesperación extendida) sirve bien al complejo militar industrial. Los políticos que apuntalan el sistema saben esto y buscan activamente mantener este fértil terreno de cultivo. Los comentarios improvisados del senador de Arizona, John McCain, durante su campaña presidencial de 2008, advirtiendo sobre los peligros de “hacer tan atractivos los beneficios de los veteranos que no quiera servir nadie”, hacían alusión a este hecho.

Cuando decenas de millones de jóvenes de la clase trabajadora se enfrentan a las opciones desesperadas de McDonald’s o las fuerzas armadas, o quizá a la universidad seguida de los estériles mercados laborales y las deudas incurridas de por vida debido a los préstamos estudiantiles, la naturaleza coercitiva del reclutamiento militar tiende a ponerse en marcha.

Así que nos alistamos en masa, viajamos por todo el mundo en máquinas, matamos a personas empobrecidas cuyas vidas no conocemos, combatimos, nos mutilan, a veces nos morimos… y volvemos a casa todavía sin dinero, viviendo de paga en paga, sin prestaciones adecuadas ni cuidados médicos, luchando para sostener a nuestras familias y mantenernos a flote. Mientras tanto, los fabricantes de armas disfrutan con el precio astronómico de las acciones y unos beneficios inimaginables. Y la maquinaria militar estadounidense sigue su marcha, escupiéndonos por el camino.

SOBRE EL AUTOR

Colin Jenkins es fundador y titular del departamento de Socioeconomía del Instituto Hampton, un centro de estudios centrado en la clase trabajadora. Es un veterano que sirvió en las fuerzas armadas de los Estados Unidos durante cuatro años, anarquista, excampeón mundial de levantamiento de pesos y miembro de Trabajadores Industriales del Mundo.