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ESTADO DEL PODER 2017

Monstruos de la imaginación financierizada: de Pokémon a Trump

Max Haiven

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En el verano de 2016, el imaginario global estaba ocupado por los monstruos.

No me refiero solo al aumento de los autoritarismos nacionalistas reaccionarios de Austria, Francia, Hungría, India, Países Bajos, Rusia, Turquía, Reino Unido o Estados Unidos, aunque volveremos sobre esos monstruos más adelante. Estoy hablando de Pokémon, la marca japonesa internacional más exitosa que, una vez más, ha asaltado la escena cultural con el lanzamiento de su primer videojuego de ‘realidad aumentada’ para teléfonos inteligentes.

Buscando a Pokémon (Penn State Live/Flickr)

Pokémon GO se construyó sobre la base de la temática desarrollada, desde 1995, en anteriores productos de la marca, y que incluyen un popular programa de televisión (traducido a decenas de idiomas y emitido en numerosos países), videojuegos, libros y cómics, un juego de cartas coleccionables y, literalmente, cientos de miles de distintos artículos de promoción comercial, desde peluches hasta aviones.

La marca Pokémon representa un mundo como el nuestro, habitado por ‘monstruos de bolsillo’ caricaturescos que los humanos capturan en sus hábitats naturales, coleccionan, compran y venden, y entrenan para luchar en combates al más puro estilo de los gladiadores.

Tras 20 años, por primera vez, la marca ha sido capaz de integrarse en ‘la vida real’, permitiendo a los jugadores usar el GPS y la función de datos de su teléfono inteligente para descubrir y raptar pokémones que, de otra manera, serían invisibles en sus ciudades y pueblos. Los resultados fueron extraordinarios: cuando el juego ‘gratuito’ se lanzó, durante el verano y el otoño de 2016, en varios países del mundo, batió un gran número de récords.

Se podían ver a decenas, incluso a centenares, de jugadores en espacios públicos y en torno a monumentos, entonces reconfigurados como poképaradas. Sin embargo, pronto comenzaron a surgir los escándalos: se rumoreaba que algunos malhechores estaban utilizando el juego como señuelo para atraer a adolescentes con la promesa de encontrar pokémones extraños, y que algunos jugadores demasiado entusiastas se habían metido entre el tráfico sin darse cuenta o se habían caído por acantilados en su firme empeño de alcanzar el objetivo de ‘¡atrápalos ya!’.

Para algunos, la locura desatada con Pokémon GO no era sino la evidencia del triunfo de la fantasía sobre la realidad, la culminación de lo que el periodista y crítico político y cultural Chris Hedges llamó, años atrás, el ‘imperio de ilusión’ en el cual, a medida que la situación económica neoliberal se intensifica y se vuelve más intratable, y a medida que los horizontes democráticos se desvanecen, se impone una cultura de individualismo escapista narcisista.

Sin duda, este argumento está justificado, aunque otros han defendido que Pokémon GO representa la ‘salida del armario’ de una generación criada con internet, que ha desarrollado modos de interacción social que, aunque extraños y temibles para los críticos de más edad, no han sido necesariamente apocalípticos. Después de todo, lo que es imaginario es también real, en que tanto moldea y orienta las acciones reales de la gente. Desde esta perspectiva, Pokémon, con decenas de millones de adeptos, podría ser más ‘real’ que Chris Hedges.

La lógica de la financierización

Quizá la respuesta sea ambas, y ninguna. Tras haber estudiado la marca Pokémon en versiones anteriores, en este artículo he buscado vincular el fenómeno a los procesos de financierización, un argumento que creo hoy más justificado que nunca.

Por resumir el concepto en pocas palabras, la financierización implica el creciente poder del denominado sector ‘FIRE’ (siglas de finanzas, seguros e inmobiliarias, en inglés: finance, insurance and real estate) sobre el resto de la economía capitalista.

Interconectados de manera global, los mercados financieros digitalmente acelerados ocupan un lugar que les ha proporcionado una gran fuerza disciplinaria y coercitiva sobre todo lo imaginable: corporaciones multinacionales, políticas fiscales y económicas de los Gobiernos, mercados inmobiliarios, mercados de alimentos y productos básicos, deuda individual… y la lista continúa.

Gráfico del informe Estado del poder 2014, TNI

A medida que el imperio global de las finanzas especulativas se ha expandido globalmente, también se ha intensificado socialmente, llegando al centro de la vida diaria y al ámbito de las interpretaciones y prácticas culturales, reconfigurando el imaginario no solo de los directivos de empresas, los políticos y los líderes de opinión, sino también de todos y cada uno de nosotros, incluso aunque no tengamos conocimientos sobre las finanzas ni experiencia con estas. Veo la pokémanía, en parte, como un síntoma de esta transformación.

No es solo que la marca Pokémon sea una empresa financierizada. Lógicamente, el costoso desarrollo del videojuego de realidad aumentada dependió de una considerable inversión por parte de sus promotores para contratar diseñadores, programadores, comercializadores… Y no lo hicieron simplemente por el bien de la humanidad: lo hicieron con el fin de cosechar beneficios futuros.

En gran medida, estos beneficios no provienen solo de ingresos directos de los jugadores, ya que el juego es de descarga gratuita. Se obtienen en forma de cada terabyte de valiosos datos vertidos por los usuarios: datos relativos a su comportamiento geográfico, sus conexiones sociales, sus preferencias y decisiones adquisitivas, su información demográfica, así como cualquier otro de los miles de datos susceptibles de ser extraídos.

A medida que el imperio global de las finanzas especulativas se ha expandido globalmente, también se ha intensificado socialmente, llegando al centro de la vida diaria y al ámbito de las interpretaciones y prácticas culturales, reconfigurando el imaginario… de todos y cada uno de nosotros.

Aunque deberíamos mostrarnos escépticos ante argumentos que sugieren que ‘los datos son el nuevo oro’, no puede negarse que algunas de las compañías actuales más rentables, como Google, Facebook o Twitter, generan la mayor parte de sus ingresos a partir de la recopilación y el análisis de esta inefable sustancia digital, y de su venta a otros, o de su uso para vender anuncios personalizados o servicios dirigidos a poblaciones cada vez más afinadas de usuarios/consumidores.

El ejemplo de Pokémon GO representa no solo la monetización de los datos —el descubrimiento de nuevas formas de mercantilizarlos y venderlos, una vez recopilados—, sino también de su financierización: la capacidad de ganar dinero ahora en previsión de beneficios futuros, la venta de posibilidades futuras como productos del presente.

El capitalismo de hoy, dirigido por el sector FIRE, está cada vez más obsesionado con transformar promesas futuras en la exposición mercantilizada al riesgo en el momento presente. No importa mucho si una empresa emergente cuenta con un plan de negocio sostenible, o incluso un producto que vender, siempre y cuando los inversores puedan vender sus acciones por más dinero del que las compraron.

Pokémon GO y otros productos han podido ser creados gracias a un ecosistema económico ansioso por capitalizar, no únicamente teniendo en cuenta la posibilidad de generar ingresos futuros, sino considerando el valor de las propias promesas.

Culturas de la especulación

El comercio del futuro no solo precisa de una limitada infraestructura comercial para el intercambio de activos financieros como los contratos de futuros, opciones y swaps o permutas: requiere también una infraestructura cultural más amplia de creencias y concepciones que den sentido a estos activos alucinógenos, además de proporcionarles valor y poder en el mundo.

Mientras el alcance y el poder de las finanzas se expande y aumenta, gracias a la desregulación neoliberal de los mercados financieros y la privatización de servicios colectivos, el lenguaje financiero infecta tanto a las empresas como los ámbitos de la vida diaria.

Despojados de cualquier tipo de seguridad sobre nuestro futuro, en una sociedad de ‘libre mercado’ cada vez más competitiva, se nos anima a modelarnos a imagen y semejanza del inversor, y a repensar la mayoría de los aspectos de nuestras vidas, desde la vivienda a la educación, pasando por las amistades, como inversiones que pueden comportar ganancias futuras de tipo material o inmaterial.

He sostenido que la marca Pokémon en sus diversas manifestaciones —principalmente, como cartas coleccionables y videojuegos— es tanto un síntoma como un factor de la cultura de la financierización.

Por una parte, refleja las temáticas principales de una sociedad financierizada que saca provecho de narrativas colonialistas residuales: los jugadores se imaginan entrando un ecosistema indómito para capturar criaturas con valor futuro. Posteriormente, invierten su tiempo, energía, inteligencia y atención en entrenar a sus monstruos de bolsillo antes de apostar en los resultados de sus batallas contra otros.

Lo que es más importante, de acuerdo con la narrativa de los juegos y de los libros y la serie de televisión que les sirven de acompañamiento, los Pokémon requieren disciplina marcial, al mismo tiempo que cariño y cuidados; en otras palabras: una forma de trabajo de cuidados.

De esta manera, los niños —que, por lo general, son los principales consumidores de los productos Pokémon— ‘aprenden a aprender’ las debidas actitudes y comportamientos que se esperan de ellos en una sociedad financierizada, donde sus vidas se extienden como un campo de riesgos que gestionar, competiciones en las que participar, apuestas que hacer, y fuentes de valor (no solo en forma de dinero, sino de educación, conexiones personales, pasiones y aficiones) que ser aprovechadas para obtener ganancias futuras.

Podéis pensar que este argumento es exagerado pero, desde una perspectiva antropológica, no es sorprendente. Estudios de un gran número de civilizaciones humanas revelan que los juegos de los niños reflejan el mundo ‘serio’ de sus mayores y les preparan para los desafíos a los que se enfrentarán como adultos.

La diferencia aquí reside en que Pokémon, a diferencia de otros juegos simbólicos de casitas o guerras (aunque tenga dimensiones de ambos), no fue desarrollado de manera autónoma solo por niños; una empresa, cuidadosamente, lo elaboró y sacó beneficio de ello.

No estoy defendiendo que los inventores de Pokémon se hayan empeñado en convertir a los niños en monstruitos que persiguen enriquecerse al más puro estilo de Trump. De hecho, es todo lo contrario: el diseñador principal del juego estaba intentando hacer que los alienados niños urbanitas de Japón se reencantaran con la naturaleza en las ciudades japonesas.

Más bien, estoy argumentando que, más allá de las intenciones de sus inventores, la marca ha triunfado y continúa triunfando porque resuena con un mayor y más profundo acorde que hace vibrar la atmósfera social en una era financierizada.

Riesgo, inversiones y otras metáforas violentas

Esta es una distinción importante porque revela algo mucho más profundo sobre la cultura de la financierización. A pesar de que es muy tentador culpar a la financierización de las acciones infames de algunos ejecutivos del sector FIRE, esto no refleja la totalidad de la historia: también bebe de nuestros comportamientos diarios, de cada uno de nosotros representándola día a día e imaginando que, haciéndolo, nos estamos empoderando y asumiendo el control.

Por supuesto, en términos generales, el ámbito financiero se encuentra, cada vez más, en manos de un puñado de dirigentes de empresas cuyas firmas, especialmente bancos de inversión, fondos especulativos y sociedades de capital riesgo y similares, negocian entre ellas y gestionan la gran mayoría de los activos financieros.

Incluso más en una época en la que estos intercambios ocurren millones de veces en un abrir y cerrar de ojos, gracias al empoderamiento de superordenadores algorítmicamente informados que, a día de hoy, explican en torno al 60-80 % del volumen de los intercambios financieros.

También lo hace la alquímica nigromancia del mercado de derivados y otros productos financieros complejos, que sitúan el poder financiero en las manos de una élite empresarial que guarda su sabiduría esotérica tan celosamente que sus maquinaciones despistarían hasta a los reguladores más astutos. Si estos llamados ‘reguladores’ no fueran antiguos alumnos de esas mismas empresas…

Pero, a pesar del hecho de que, a vista de pájaro, la estructura del poder financiero aparezca como una incestuosa oligarquía, su influencia depende de la filtración de ideas financieras, metáforas, lógicas, medidas y protocolos en la gobernanza de casi todas las instituciones sociales, y en el tejido de la vida diaria.

La inversión… se ha convertido en un término útil para describir la transformación de cada vez más aspectos de la vida en bienes comerciables, y la orientación de nuestro imaginario social hacia la gestión individualizada del riesgo y la especulación.

La metáfora de la ‘inversión’ es un buen ejemplo. Originalmente, surgió como un eufemismo para denotar los negocios sombríos que se llevaban a cabo en la Italia renacentista. En la actualidad, la palabra se ha convertido en un término útil para describir la transformación de cada vez más aspectos de la vida en bienes comerciables, y la orientación de nuestro imaginario social hacia la gestión individualizada del riesgo y la especulación.

Hoy en día, a los estudiantes se les anima a ‘invertir en su futuro’ con una educación universitaria mercantilizada que, a menudo, les supone incurrir en extraordinarias deudas para ‘mejorar su capital humano’. La vivienda ya ha dejado de ser una cuestión de cobijo y comunidad o, incluso, de prestigio, para convertirse en un proceso de inversión en propiedades inmobiliarias en nombre de la seguridad económica futura y el bienestar. Abundan los libros de autoayuda para las relaciones, que sugieren que los métodos, los índices y la retórica del mundo financiero pueden ayudar a uno a repensar la paternidad, la amistad y el amor.

De igual manera, el ‘riesgo’ se ha convertido en un término central que esconde y a la vez normaliza la violencia económica más catastrófica. Bajo el estandarte de la ‘gestión del riesgo’, las empresas, de manera rutinaria, despiden a sus trabajadores, instigan litigios represivos, engullen a sus competidores, se retiran y desinvierten en algunos países en busca de economías receptoras donde realizar inversiones más baratas o menos arriesgadas, y ‘externalizan’ los costes ecológicos y sociales de sus beneficios a poblaciones vulnerables.

De igual manera, el ‘riesgo’ se ha convertido en un término central que esconde y a la vez normaliza la violencia económica más catastrófica.

Mientras tanto, la población marginada y empobrecida, normalmente expuesta al racismo sistémico, al imperialismo y a otras formas de opresión, se reclasifica como población ‘en situación de riesgo’, borrando cualquier rastro de lo que le pueda haber llevado a esa situación y haciéndola objeto de planes de ‘inversión social’ (normalmente punitivos).

Las guerras imperialistas contemporáneas se libran en el nombre de la anticipación frente a los riesgos del terrorismo o los Estados fallidos. Entretanto, los enormes riesgos que todo esto conlleva para el planeta y sus habitantes —el cambio climático, la acidificación de los océanos, la desertificación del suelo, el aumento de las epidemias causadas por la pobreza, las bandadas de robots asesinos que ahora dirigen las guerras imperialistas— se pasan por alto o, en el mejor de los casos, se enmarcan como hipotéticos riesgos asociados a la rentabilidad futura de las empresas capitalistas o a la competitividad económica de los Estados-nación.

La financierización, c’est moi

Sin embargo, nosotros, almas financierizadas, no percibimos estos cambios como el espantoso doble lenguaje de un régimen autoritario, aunque en realidad el efecto general de la financierización es comparable a una especie de totalitarismo económico.

Más bien, se nos anima a imaginar que nuestra aceptación de la lógica financiera es una forma de liberación personal y empoderamiento. Así, se nos obsequia con un aluvión de cultura popular en la cual se idolatra al inversor emprendedor.

Tráiler del programa Dragon's Den

Pero no son solo las populares series franquiciadas como Dragons’ Den o The Apprentice las que celebran la avaricia más despiadada, obtusa, y agresiva, ni tampoco los antihéroes desconcertantes, drogadictos y obsesionados por el sexo de El lobo de Wall Street y similares; son también los astutos caza-antigüedades, los perspicaces especuladores inmobiliarios, los restauradores motivados o los obtusos genios de los programas de telerrealidad.

Todos ellos representan diferentes perspectivas de un Hombre de Vitruvio financierizado, dispuesto a arriesgarlo todo, y a movilizar cada ápice de ingenuidad, arrojo, ‘capital social’ y talento con el fin de satisfacer sus ambiciones privatizadas.

Lo que es más importante, el objetivo que mueve este aclamado e idealizado ‘tomador de riesgos’ no es nunca únicamente la codicia, y sería peligroso imaginar —como quieren hacernos creer muchos grupos activistas— que las patologías de nuestro sistema financiero se deben solo a la aquiescencia infame de algunos individuos malvados situados en posiciones de poder.

Los problemas son sistémicos, no simplemente morales, y surgen de una sociedad donde las técnicas financierizadas se presentan como los únicos medios —o los mejores— de alcanzar la seguridad, un trabajo con sentido y algunas de las mejores cosas de la vida.

Pese a que no cabe duda de que muchos altos directivos son, de hecho, monstruos corruptos, la realidad es que muchos se encuentran desamparadamente atrapados en una gran máquina que los expulsaría del sistema tan pronto como fracasasen a la hora de realizar sus funciones.

Sin embargo, ese es también el sentimiento general, el que muchos de nosotros sentimos en la era de la financierización, donde la deuda y la precariedad nos llevan a ser tímidos y no oponernos al sistema, y nos animan a cada uno de nosotros a labrarnos un pequeño espacio de seguridad y posibilidad dentro del propio sistema en lo que, de otra manera, percibiríamos como un agitado y denso desastre social.

De hecho, la financierización del sector público, del sector de las ONG, de las artes o la academia no ha sido orquestado desde arriba por parte de una suerte de caricatura de un banquero con sombrero de copa y rabo. En lugar de eso, todos estos sectores dependen de la innovación, creatividad e imaginación de unos administradores por lo demás razonables y, en ocasiones, cuidadosos y considerados, que trabajan en situaciones desesperadas.

Por ejemplo, en los Estados Unidos, las hipotecas de alto riesgo fueron elaboradas y defendidas, en parte, por grupos de activistas urbanos bienintencionados y, en ocasiones, algo radicales, que buscaban poner remedio a la histórica privación de derechos de las personas racializadas a las que, durante generaciones, se les había negado el derecho a una vivienda en propiedad, y a las que se había arrojado, haciéndolas más vulnerables, a las manos de arrendadores explotadores.

De igual manera, los colegios concertados y privados, cuyo auge ha representado un duro golpe al sistema educativo público estadounidense al financierizar la oferta educativa, fueron a menudo liderados por profesores y directores comprensivos y políticamente inteligentes que buscaban una forma de atender a niños ‘en riesgo’ que, de otra manera, habrían sido abandonados por un sistema racista y clasista.

La financierización es un sistema vasto pero distribuido mediante el cual el capitalismo recluta, seduce y organiza las percepciones y la creatividad de millones de personas.

Los bonos de impacto social —o la nueva generación de ‘filantrocapialismo’ o ‘filantropía empresarial’—, que buscan introducir los índices y los modelos del mundo corporativo financierizado en la esfera de los servicios sociales y el desarrollo internacional emergen, de igual manera, de una suerte de imagen retorcida de la financierización.

La financierización es un sistema vasto pero distribuido, mediante el cual el capitalismo recluta, seduce y organiza las percepciones y la creatividad de millones de personas, incluso de las más pobres, gracias al trabajo de evangelización realizado por los microcréditos en el Sur Global.

El resultado es, de hecho, distópico, pero en estos tiempos neoliberales, en los que los medios de comunicación financierizados y controlados por las corporaciones nos dominan, y cuando cualquier idea de asistencia social se esfuma, este resultado dominante se oscurece: se nos abandona a valernos por nosotros mismos y, de esa manera, a encontrar en las herramientas y en las retóricas de la financierización una suerte de frío confort.

Economía: real e imaginada

Es por esta razón por la que deberíamos recelar de los enfoques que plantean la financierización como meramente el dominio del dinero imaginario sobre la llamada ‘economía real’. Desde luego, ese enfoque resulta tentador, ya que solo entre un 5-8 % del dinero circulante mundial puede ser realmente hecho efectivo; el resto, estaría compuesto por elementos ficticios en bases de datos interbancarias, pagarés, derivados complejos y otras formas de especulación financiera.

Pero, en tanto que este enfoque se ha convertido en un punto de referencia para muchos movimientos populistas socialdemócratas, corre el riesgo de cometer, en mi opinión, tres graves errores.

Primero, creer que podemos separar una ‘mala’ economía financierizada de una ‘buena’ economía capitalista sería caer presos del pensamiento más anacrónico. El capitalismo siempre ha contado con un sector financiero que ha sido escenario de los excesos de la especulación y la tendencia a las crisis; pero el sector financiero también ha sido siempre esencial para el funcionamiento del capitalismo en todas y cada una de sus dimensiones y diversos modos de explotación, desde el colonialismo a la producción industrial, desde la agricultura a las infraestructuras civiles.

El capitalismo siempre ha estado financierizado aunque, como ya hemos señalado, la financierización actual posee nuevas características.

El sector financiero también ha sido siempre esencial al funcionamiento del capitalismo en todas y cada una de sus dimensiones y diversos modos de explotación.

Si bien este punto puede pecar de academicista, es sumamente político si tenemos en cuenta la nostalgia presente hoy en día hacia una ‘edad dorada’ a imagen y semejanza de la keynesiana de posguerra, común tanto a la izquierda como a la derecha en el Norte Global. Esta noción, con demasiada frecuencia, coincide con alucinaciones de pureza étnico-nacional e integridad moral conservadora.

Sin embargo, aunque puede que aquellos ‘años dorados’ proporcionaran unas redes de seguridad de clase media para varones heterosexuales, blancos y sin discapacidades, fue horrible y, en ocasiones, mortal, para mujeres, personas de color, aquellos con discapacidad física y mental, personas queer y con diversa identidad de género, niños, jóvenes y cualquiera que no entrase dentro de los límites de sus estrictas fronteras normativas. Hacia finales de la década de 1960, casi todos estos grupos poblacionales se encontraban en abierta rebelión contra ese sistema.

Además, la tonalidad ‘dorada’ de este periodo procedía no tanto del duro trabajo de empleados cualificados y obreros, sino más bien del expolio neocolonial del Tercer Mundo, mediante una deuda financierizada (normalmente, negociada por intermediarios como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional) utilizada para movilizar tal magnitud de energía y riqueza que no se hubiera podido extraer ni siquiera con un control colonial directo.

Dinero: el monstruo de bolsillo original

Charla sobre el totalitarismo financierizado

El segundo problema que existe con la distinción entre una economía ‘real’ y una economía ‘imaginada’ es que se crean sinónimos imaginarios de una irrealidad ignorante o incluso malévola. Pero esta definición de la imaginación, especialmente cuando se atribuye al dinero, esconde más de lo que revela.

A fin de cuentas, todo el dinero es imaginario, y no solo los billetes de la moneda fiduciaria o los pagarés eternamente diferidos, que usamos diariamente. El oro es un metal bastante inútil, al fin y al cabo, excepto en la medida en que una sociedad reconoce que tiene virtudes y propiedades similares al dinero.

Incluso cuando las monedas tenían valores de uso directo (por ejemplo, se cree que la palabra ‘salario’ proviene de los tiempos en que a los soldados romanos se les pagaba con sal), sus valores de cambio relativos a otras materias siempre fluctuaron en función de impresiones sociales, relaciones de poder y muchos otros factores.

Esto es porque el dinero es una institución social: un conjunto duradero de creencias, protocolos y expectativas unidas a un objeto físico (como una moneda), un ritual (como la contabilidad), el rango de una persona (un director general) o un lugar (un banco).

En este sentido, otras instituciones sociales incluyen el matrimonio monógamo heteronormativo (un artificio de la imaginación para organizar las afinidades sociales, pero con poder real), la policía (seres humanos corrientes a los que se les otorga una licencia social para actuar fuera de las leyes que gobiernan sobre todos nosotros, supuestamente en aras de preservar y hacer cumplir esas leyes) y la universidad (un conjunto de edificios construidos con el fin de constituir un repositorio de conocimiento).

Las instituciones sociales son producto de un esfuerzo imaginativo compartido, que se sostiene no solo gracias a la violencia (aunque eso también abunda), sino también por las creencias compartidas, las expectativas y la participación. Pero todavía cuentan con un poder muy real, a veces letal.

El dinero es una institución imaginaria muy particular con cualidades especiales, que cuenta con un poder que le hemos concedido por nuestro uso diario y nuestra creencia en él. En cierto sentido, el dinero es una solidificación de la imaginación colectiva que, al mismo tiempo, da forma a la imaginación común e individual.

Nosotros, sus usuarios, inconscientemente accedemos a otorgarle valor y poder, de tal forma que el propio dinero viene a definir nuestro sentido de valor, y a tener poder sobre nosotros. Como todas las instituciones sociales, moldea la forma en que nosotros, como especies cooperativas, colaboramos unos con otros para reproducir nuestras vidas aunque a menudo —normalmente, quizás— esta ‘cooperación’ es, de alguna manera, coaccionada, desigual o explotadora.

Las situaciones de coerción, desigualdad y explotación que posibilita el dinero, en especial el dinero financierizado, son extremas: definen nuestro sistema global actual, con todas sus injusticias. Pero esa violencia —oportunamente para quienes se benefician de ella— suele ser vista como natural, inevitable y lógica.

Esto resulta un poco abstracto, pero sirve para problematizar cualquier distinción fácil entre una economía imaginaria y una economía real: todas las economías son siempre tanto imaginarias como reales.

La clave reside en que, en momentos de crisis, la imaginación radical —la forma de imaginación que cuestiona y rechaza, que insiste en buscar las raíces de la vida social— aumenta para cuestionar las instituciones imaginarias de la sociedad, incluido el dinero. Esto es, en cierto modo, lo que ocurre en las crisis financieras: se pone en tela de juicio el valor imaginario del dinero y de las instituciones que lo rodean. Entonces, surge el apuro de reemplazar esas instituciones o restablecerlas.

En el ámbito cultural, las medidas de los bancos centrales tras la crisis financiera de 2008 estaban dirigidos, esencialmente, a devolvernos la confianza en el sistema monetario, y lo hicieron endeudando drásticamente a los Gobiernos desde los mismos mercados financieros que estaban rescatando.

Si bien este sistema financiero funciona sin duda en interés del consabido 1 %, este hecho por sí solo no lo hace más imaginario que cualquier otro sistema financiero o económico.

El sistema financiero constituye un sistema porque confiere símbolos (que, en este caso, incluyen bonos, contratos de derivados y otros ‘objetos’ financieros que únicamente pueden ser comprendidos o controlados con supercomputadores de élite) con valor imaginario, que son usados como medio para coordinar una orquestación global muy compleja y terriblemente explotadora y destructiva de los objetos y el trabajo: el capitalismo neoliberal.

El poder de la imaginación

Lo que nos lleva al punto final y más importante: si, en alguna medida, el orden financiero es un orden de la imaginación, hay dos cuestiones ciertas. Primero, como he tratado de argumentar en estas páginas, el sistema financiero se basa no solo en amenazarnos o encantarnos, sino también en cautivar, reclutar, seducir y recalibrar nuestra imaginación.

Visto como si un futuro arqueólogo estuviera examinando el derrumbe de nuestra civilización, un artefacto cultural como una carta coleccionable de Pokémon aparecería como un juguete que nuestra sociedad produjo para enseñar involuntariamente a sus jóvenes a prepararse para integrarse en un orden complejo de instituciones imaginarias unidas por las fuerzas imaginarias de las finanzas.

Tal presentación reflejaría la manera en que hoy entendemos las culturas materiales de los imperios de antaño, que durante milenios se sostuvieron no solo a través de la violencia brutal y la dominación (nuestra época contiene mucho de esto, y de manera diaria), sino por la interiorización individual de un paradigma imaginado de valor que parecía, de cara a sus participantes, no solo natural e inevitable, sino uno dentro del cual tenían libre albedrío.

Aquí aparece un pequeño consuelo: si la financierización es, en cierto sentido, un imperio de la imaginación, podemos vislumbrar por un momento el verdadero poder de la imaginación.

Si la financierización es, en cierto sentido, un imperio de la imaginación… ¿de qué más podría ser capaz la imaginación colectiva, ahora reforzada por nuestras máquinas pensantes y nuestra red global de telecomunicaciones?

Hoy en día, la circulación de activos imaginarios representados por los mercados financieros coordina, fundamentalmente, una circulación global de bienes y de trabajo de tal complejidad que resulta, en realidad, inconcebible. También está destruyendo los ecosistemas del planeta, dando lugar a los millones de muertes completamente innecesarias de seres vivos y generando novedosas mutaciones del imperialismo y el autoritarismo nacionalista que destruyen a poblaciones enteras.

Sin embargo, ¿de qué más podría ser capaz la imaginación colectiva, ahora reforzada por nuestras máquinas pensantes y nuestra red global de telecomunicaciones? Cuando nos tomamos la imaginación en serio, encontramos un destello de esperanza.

El giro autoritario

Antes de que asumamos que existe este resquicio de esperanza, tenemos que considerar una visión algo más pesimista. El ascenso dispar y confuso de la política autoritaria de extrema derecha en todo el mundo se ha tomado como prueba del fin de la globalización y del neoliberalismo.

Pero aunque puede que estos ideales estén en quiebra desde el punto de vista ideológico, siguen siendo poderosos desde el punto de vista estructural: los nuevos líderes autoritarios poseen una fe inquebrantable en el libre mercado, la desregulación y el poder corporativo; ya no confían en un sistema global multicéntrico para hacer valer esos elementos: prefieren militarizar el Estado contra sus ciudadanos y utilizar el nacionalismo étnico, la religión o la xenofobia como un medio para reprimir la disidencia y dividir a los más desfavorecidos.

Ahondando más en la cuestión, podría decirse que el sujeto financierizado es, en gran medida, la otra cara de la moneda del sujeto autoritario.

Aunque el neoliberalismo redujo la sociedad al individuo, privándonos de cualquier fantasía de un destino colectivo y haciendo que cada uno de nosotros se convirtiese en un solitario gestor de riesgos, compitiendo con uñas y dientes contra todos los demás para triunfar, nos prometió el derecho a una buena vida si trabajábamos duro y respetábamos las reglas del juego.

Sin embargo, esta promesa ha demostrado ser falsa: el sujeto financierizado se ha despertado del sueño neoliberal endeudado, temeroso y en un estado de precariedad existencial y económica.

Las fuerzas estructurales de la financierización neoliberal que causan esto son ininteligibles; las herramientas del análisis sistémico y la imaginación radical se han visto anuladas o atenuadas por, de un lado, un sistema de narrativa cultural (los medios de comunicación) orientado hacia el sensacionalismo en nombre del beneficio privado y, de otro, un sistema educativo reducido a su componente más instrumental, cuyo propósito es producir deudores preparados para el mundo laboral en lugar de ciudadanos con una buena formación.

Mientras tanto, las condiciones objetivas de vida para muchos, si no la mayoría, bajo la financierización son tensas, excepto para los ricos (e incluso para ellos también). Ya no es solo que, en la mayor parte del Norte Global, los salarios reales (ajustados a la inflación) hayan disminuido al mismo tiempo que los servicios públicos y las formas de seguro colectivo se hayan marchitado; la solidaridad social se ha diluido con frecuencia en una sociedad de consumo individualizada, que deja a muchos individuos convertidos en seres patológicamente solitarios.

La característica experiencia vital bajo la financierización se asemeja a estar rondando el precipicio de un profundo abandono social, de una precaria vida de competencia sin descanso, donde la supervivencia exige la rentabilización y la financierización de todo lo valioso en la vida. Nada es sagrado, y no hay escapatoria, ni ayuda.

Como señaló Walter Benjamin hace unos 80 años, el autoritarismo no arreglará estos problemas —de hecho, los consolidará—, pero otorgará a algunos de los desposeídos una oportunidad de reconocer y expresar su ira en una colectividad perversa.

Para muchos, especialmente aquellos que han experimentado opresión racial, precariedad económica y una sociedad hostil, todo lo anterior no es nada nuevo: además, se ha combinado con hostilidades culturales y sociológicas que van desde formas cotidianas de microviolencia al auténtico terrorismo.

Como se señaló anteriormente, para muchos, el keynesianismo de posguerra no fue ninguna edad de oro. Sin embargo, para aquellos a los que la edad de oro sí ofreció alguna promesa, los que tenían una forma de privilegio racial o de otro tipo, la pérdida de esa promesa (incluso aunque la promesa fuera manifiestamente falsa) fue un golpe demoledor.

Mientras tanto, las medidas liberales multiculturalistas que pretendían rectificar los desequilibrios sistémicos causados por el racismo o el sexismo, como las destinadas a ayudar personas discriminadas racialmente en su lugar de trabajo, se convierten en los objetivos de la ira de los anteriormente privilegiados.

Las ‘prestaciones especiales’ y las indulgencias reales o (por lo general) alucinadas concedidas a las personas marginadas se convierten en el centro de atención de un exceso de rabia entre los sujetos privilegiados que sienten que han hecho todo lo correcto, han seguido las reglas, pero siguen encontrándose inseguros, precarios y solos.

Aunque esta rabia se basa en viejos odios y los aviva, en especial en distintas formas de racismo, residuales como virus inactivos en el cuerpo social, se manifiesta de nuevas maneras. Estas ideas de superioridad racial, aunque siguen definitivamente presentes (sobre todo en términos de la inferioridad ‘cultural’ de los ‘no blancos’), han dado lugar a un sentimiento de haber lacerado el juego limpio, donde los racistas de hoy creen que ellos mismos son las víctimas de un racismo orquestado por una alianza más o menos coordinada entre una intelligentsia liberal despreciable, el burócrata perezoso, el activista pontificador y el intrigante ‘grupo de interés’.

Lo que es vital reconocer es que esta forma particular de disposición autoritaria protofascista es el subproducto reactivo de la financierización.

El resultado es un sistema en el cual el sujeto normativo ‘blanco’ siente no solo que no puede tener éxito, sino que tampoco puede expresarse por miedo a ser calificado de racista.

Lo que es vital reconocer es que esta forma particular de disposición autoritaria protofascista es el subproducto reactivo de la financierización. Es el sujeto al que se le ha dicho que transforme toda su vida en una apuesta, pero que nunca ha ganado nada, un sujeto al que se le ha dicho que el mercado le proporcionará paz y abundancia, pero que ve un futuro, aunque no necesariamente de pobreza, sí de constante preocupación y presión.

El deudor (o el inversor) para quien el futuro no es más que un interminable ahora, se encuentra delimitado en todos los sentidos por una imaginación entrenada y perfeccionada para gestionar riesgos, aprovechar potenciales y maximizar beneficios. Es una imaginación que inmediatamente se pone a trabajar como nunca antes, pero también a todos los efectos y propósitos muerta porque se le niega la perspectiva de lo desconocido.

Con esto, la cuestión del surgimiento del imaginario autoritario actual no queda plenamente zanjada, ni se capturan las intrincadas conexiones y contradicciones entre ello y la imaginación financierizada. Pero sí apunta a que los monstruos políticos que ahora asolan el planeta son el producto de los dos, de alguna manera, combinados.

Serpiente negra, cisne negro

Cartel de protesta contra construcción de un oleoducto en Dakota del Norte, Estados Unidos

Para finalizar, me gustaría retomar el concepto de la imaginación como fuerza social. La imaginación no es solo algo que ocurre en la mente individual; ocurre entre las personas cuando comparten ideas e historias, al interactuar.

En este sentido, la imaginación no es solo algo que emerge de las artes o de la discusión o el debate, sino que es un elemento esencial del ‘hacer’ social, de cómo colaboramos en tanto que somos seres inherentemente cooperativos.

Los patrones de nuestra cooperación moldean la imaginación, y la imaginación configura cómo cooperamos. Si nos imaginamos a una persona como el jefe, y al resto como los trabajadores, esa creencia dará forma a cómo somos obligados a cooperar, y también a cómo esos frutos de la cooperación serán divididos, lo que, a su vez, permitirá al jefe reproducir los medios de esta coerción (aunque la imaginación no es, por supuesto, todo lo que mantiene la relación jefe/trabajador).

Si la imaginación es una parte reflexiva de cómo cooperamos juntos, la esperanza de una imaginación radical que nos podría mostrar el camino más allá del mundo de los monstruos tendrá que surgir no solo de la mente genial de un individuo, por muy importante que esa mente pueda ser.

Emergerá de experimentos colectivos que buscarán permitirnos cooperar de maneras diferentes en pie de igualdad.

Y no me refiero solo a comunidades utópicas aisladas, aunque las experiencias de estas también son valiosas, a su manera: son laboratorios que refinan las herramientas para una vida colectiva. Me refiero a la imaginación que emerge de los movimientos sociales cuando luchan dentro del campo de la financierización, contra este y más allá de él.

Dejadme terminar con la reciente victoria de la resistencia dirigida por los indígenas al proyecto de construcción de un oleoducto en Dakota del Norte, llamado Dakota Access Pipeline que, en el momento de redactarse este documento, ha sido suspendido por el Gobierno federal de los Estados Unidos gracias a una sistemática acción directa no violenta.

Este hecho se ha señalado, con razón, como una victoria muy necesaria para los movimientos que luchan por mantenerse optimistas ante la próxima presidencia de Trump y su apoyo a un nacionalismo blanco revanchista que agrava la inconcebible violencia racial que ya define a los Estados Unidos.

Pero la victoria del #NoDAPL, aunque resulte ser efímera, tiene importantes implicaciones para la imaginación radical.

Primero, es parte de un resurgir masivo, en todo el continente (algunos dirán que en todo el mundo) de la militancia indígena basada en la recopilación de otros sistemas de cooperación más allá del capitalismo colonial y su manifestación más reciente como neoliberalismo financierizado.

Los rituales, los bailes, los protocolos y las canciones que caracterizan estas luchas no son únicamente la ilusión efímera del activismo; forman una parte íntima y constitutiva de la conformación del mundo indígena, un medio para coordinar y alinear el imaginario colectivo a fin de facilitar y enriquecer la cooperación de las personas involucradas.

Hablan de una escala de valor fundamentalmente diferente, completamente ajena al idioma financiero de hoy. No quiero romantizar estas luchas: son difíciles, son problemáticas, están fracturadas y apenas sobreviven. Tampoco busco reproducir la mitología egoísta de los colonos del ‘otro’ indígena y su legendaria cercanía a la ‘naturaleza’. Estos tropos son importantes, pero necesitan de un compromiso mucho más largo.

Baste con decir que las formas de resistencia de los insurgentes indígenas sobre la tierra, como señala Glen Coulthard, teórico de los Yellowknives-Dene, son fundamentalmente opuestas al capitalismo.

Segundo, cuando los aliados no indígenas acuden en manada a aprender de la lucha de los pueblos indígenas, aprenden a imbuirse de este paradigma de valores anticapitalista, pero también aprenden a practicar sus formas de cooperación distintas a la dominante y, por lo tanto, su imaginación también se radicaliza.

Lo que está en juego aquí es una concepción más grande, más amplia y más extensa del riesgo. Mientras que el alma financierizada es exhortada a perfeccionarse como gestor privado del riesgo en su propia vida, el efecto sumatorio de todos estos actos individualizados de gestión del riesgo es una catástrofe sociológica, de la misma manera que la suma de un millón de actos corporativos de una gestión del riesgo sumamente inteligente explotó en un evento imprevisto de riesgo sistémico, siguiendo la teoría del cisne negro, en la crisis financiera de 2008.

Al participar en las protestas del #NoDAPL, los sujetos financierizados han aprendiendo a entender y actuar ante el riesgo de manera colectiva, identificando el oleoducto, la monstruosa ‘serpiente negra’ —como ha sido apodada— como un riesgo para todos, no solo como individuos sino como colectivo.

La imaginación radical que puede enfrentarse a la financierización y sus monstruos surgirá del frente de las luchas basadas en la acción directa contra la financierización capitalista y las formas de autoritarismo que están teniendo lugar.

Adoptará necesariamente la forma de personas que aprenden a cooperar de una manera diferente, proporcionando no solo una solidaridad militante, sino también cuidados sofisticados y de larga duración en estos tiempos sombríos.

Sin embargo, no debemos dejarnos seducir por nuestra propia imaginación: también requerirá el arduo trabajo de la organización política; y tal organización, en algún momento, necesita una visión común y necesita una estructura. En épocas anteriores, tales visiones y estructuras unificadoras han acabado por convertirse en regímenes monstruosos. Se necesitará de toda nuestra cooperación y toda nuestra imaginación para evitar que esto suceda. Porque en realidad no hay monstruos. Solo nosotros.

Traducción: Elena Pérez Lagüela

SOBRE EL AUTOR

Max Haiven es catedrático de investigación sobre Cultura, Medios y Justicia Social en la Universidad de Lakehead, Noroeste de Ontario, Canadá, y director de ReImagining Value Action Lab (RiVAL). Escribe artículos para medios académicos y generalistas, y es autor de los libros Crises of Imagination, Crises of Power: Capitalism, Creativity and the Commons, The Radical Imagination: Social Movement Research in the Age of Austerity (junto con Alex Khasnabish) y Cultures of Financialization: Fictitious Capital in Popular Culture and Everyday Life. Actualmente, está trabajando en un libro que se titulará Art after Money, Money after Art: Radical Creative Strategies Against Financialization.